Armisticio


Por: Hugo Israel López Coronel*



Andrea regresó temprano a casa, yo la escuché encadenar la puerta de su cuarto. Siempre la escucho, sólo una vez me quedé dormido, pero era noche, antes, apenas había llegado, no sabía el horario. El transporte entonces era más caro, aun, si las ganas que se puedan tener, hacen que ya no quepa más paciencia, dejando que en cada mirada haya ocasiones en las que resulta mejor quedarse en silencio mientras los demás siguen caminando. Cuesta decidirse leer las muecas de las hojas a sabiendas que uno no tiene el hábito de escuchar a los demás; con frecuencia, la plática se me iba de los ojos, cosa como parpadear en palabras con la tercera sílaba inflamada, absorto de los discursos. Dejar que el otro haga de lado a las viseras para llegar primero, para opinar antes de que los demás empiecen. Entrarle de lleno a las reglas del juego sin conocerlas hace cometer aciertos que te van restando puntos para que cada número te sea amonestado, y sólo, con el derecho a decir lo que quieras, conformarte con vomitar las plumas del pellejo que comiste antes del postre y esperar lo prometido.

Tal vez eran las doce, o la una, no lo sé con certeza, pero pude imaginar cuando Andrea dio el beso de despedida. Los conozco, pero no miré el reloj.

Después de unos instantes, Alfonso se acomodó sobre su costado izquierdo dando la cara al perfil que permanecía en silencio, entrecruzó los pies dejando salir cansancio. La luz se hacía ausente, el parpadeo sincronizado de la ventana, los poros adivinando la ubicación exacta del sexo, insertados a la orilla, frío, haciendo a la espera.

Transcurrieron. La oscuridad, tranquila, eterna, los brazos del tiempo, la sonrisa, los celos, transcurrieron.

La certeza del fin ponía calma al semblante de Alfonso, sus labios se habían cubierto con la tela del disimulo. Satisfecho. Levantó el brazo colocándolo frente a su rostro y guardó las palabras.

Apenas empieza la fiesta. ¿Y si le llamas y dices que llegas más tarde?, ¿no?

Guarda silencio, pensativa, en instantes que el tiempo ahora regresa, instalada otra vez, preguntando a nadie por la ocasión de repetir.

¿O cómo ves?... ¿Nos lanzamos?

No sé, desde que duerme y comparte un cuerpo se ha puesto delicada. Sonrosa y dice que cuando puede, baja de la palma para revolver el polvo del fondo, deja escrito la lista de compras, hace correr las cortinas y platica de las tardes donde la niñez poco duró. Hubo días que no intentó escapar de su cuarto, pero llega él, y se transforma. Entonces la ves sonreír y voltear hacia atrás. No sé si esté, pero deja subir, buscaré en la ventana, ahí, donde alguna vez recordó el sabor de mis besos.

Muy temprano, se acostó a la orilla, dejó el ecuador en el que ahora vive, donde ha sembrado un rosal. Ha teñido de verde la piel, se convence de ser un tirano con los zapatos viejos de la última pascua, la de hace algunos años. Apenas tiene que decir; apenas, nada de luz al medio día, desea beber el café de la taza, un aliento, un dulce aliento y la invitación a mirar desde lejos. El mes pasado Andrea y yo cumplimos más de cinco años desde nuestro primer orgasmo. Aún jura amarme. Alfonso se mudó, pero sigue siendo puntual, a diario la espera después del trabajo y la trae a casa, también la escucha encadenar la puerta de su cuarto. Siempre la escucha, sólo una vez se quedó dormido, pero era noche, antes, apenas había llegado, no sabía el horario.



*El autor es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, Maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Actualmente doctorante en Educación. Miembro del grupo de investigación "Narrativas para la comunicación"  de la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Sus líneas de investigación son el análisis del discurso y las narrativas para la comunicación.