Campo arrasado


Por: Paco Echeverría*


Todavía la amistad de ella me duele, su falta de sentimientos y la conformidad de hundirme en ellos me hizo liar con los ritos de fuego, tragarme a empujones la libre improvisación de abrazarme a su propia llaga y perder. Sí, perder el halo tangencial por la falta de respuestas que había desarticulado sus brazos para colocar cada uno de ellos en estas dos sillas de la enorme casona, guardar su blusa conmemorativa como advertencia hasta donde mi deglución por ella me saciara. Colorear su perfil, morder su labio inferior, desajustar su empoderamiento viciado que la hace suspenderse en un pasado que había vivido otra persona. El cansancio de espetar sin saber a dónde, la convierte en mujer alada insistente de asombrarse de su propio ascenso, de su indecente multa que empobrece en cada aleteo mi región mediocre de ebrio aspirante afrodineo.

           Cierta tarde, su cuello guardó silencio, mis manos lloraban calladitas mientras escuchaba su cabrilleante discurso. Ella, mujer de juicio, cambiaba la piel entre los peldaños de la escalera de caracol, se enredaba, calculaba cada jalón y las generalizaciones corrían una a una. ¿Recuerdas el espejo? Dejé pasar algunas semanas. Pero llegó el momento en que muchos hombres lo vieron, se vieron y nos vimos, nadie lo ignoraba, sobre todo cuando durante el festín los sudores y las carnes chacualeaban. El fingido desenfado no iba con mi personalidad, me paralizaba los músculos el sólo pensar en tres, siete, veinte, el silbido de una jauría. Me hallaba muy mal, como si mi naturalidad estuviera adormilada en los girasoles situados donde terminaba el alero de los versos que le había escrito... ¡Ay, Alice!, nadie vuelve hacia esas maletas que fueron tu propio cielo y tu propio infierno.

          Ya no quiso explicar más. Dejé de lado toda frialdad humana cuando el sillón marrón junto a ella sonrío entre guiños en tanto se desmoronaba en mis brazos. ¿Vacío?, ¿Soledad? quizá ambos. Cerró la puerta y dispuso los estandartes con vuelo y vaina. Coloqué su silencio sobre el respaldo abatible, pero ya sus besos me sabían como si estuviera tomando de refino. Fue entonces cuando desparramó su maldito sicomoro y empezamos por caminar la parte soleada, para después, cogerme al canto de la barda de su boca.

          Llorar tan hondo, honestamente es una cena decorosa, un gasto de horas antes de darme a las explosiones de una luna partida. Los días tienen esa postura imperturbable que se apila en el rincón de las ilusiones. Abrigar su cuerpo, acompañar sus pronunciamientos circundado de tan percutido clima, fue dejando mis pasos cada vez que atravesaba su lengua mi costado.

           – Sí, Alice. ¡Debes arrasar ese campo!

           Me incliné a su oído, la lluvia comenzaba a caer. Después, degusté la epidermis de sus senos vencido en su entonada respiración, mis brazos divisaron la lejura de las piernas desde la sequía su cintura. Traté de tener la mente en blanco, pero la tiesura del recuerdo se dejó caer en la esquina del servibar despostillando los amarillentos pliegues de mis dedos. Nunca más la encontraré desollada cruzando el umbral del acecho, ni la hora en que acostumbraba peinar su pelo.

           Pero a veces, ¿qué queda?

           La profundidad de sus pupilas se derretía en los resabios de esa larga velada redentora. Tomé el maldito espejo y lo arrojé por la ventana de su vientre. Lentamente comencé a limpiarme sus besos. ¡Odio resbalarme en las quebradizas rendijas de sus cejas! Azote la puerta, el canario salió volando. Me sentía rarísimo por esa tierra quemada que me devoraba. Prefería recordar las trivialidades, suspendido sobre ese lodazal que había montado a medias. Sin peleas, sin venganzas, leyendo una especie de parte de guerra en el que la tinta aún estaba fresca pero que ya podía transpirarla.

          Con el último esfuerzo que me quedaba pude fotografiar el olor carmesí de su lipstick. Del viejo baúl que madeja los lamentos lúcidos se fue delineando el escenario donde los soles brillan y prometen el olvido. La sorpresa pierde forma tras la voracidad de un relieve horizontal. La roca parpadea que sus brazos nunca mintieron.

           ¡Las mentiras siempre caen por su propia gravedad!

           Ya no habrá bailes, tragos de cognac que azoren los ofrecimientos que una noche llegan, duermen, y al otro día se marchan a primera hora, dejando los vestidos sobre el suelo, la llave de la regadera semiabierta, el estropajo ahogado en el charco de las palabras perfectas que cayeron teniendo como música de fondo el mismísimo silencio.


El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como UnivercienciaMomentoCalmécacRevista de la Universidad del Valle de PueblaRelieves y Revista Mexicana de Vampirismo.