Esferoide


Por: Hugo Israel López Coronel*


...algo había valido la pena: la foto.

Podría pedirla y regalársela a María en una cajita de colores.

Luis María Davronel.


Tú primero. La banca puesta al sol, repleta de las sombras de algunos años, se hizo necesaria. Coquita, has caminado por senderos que no se han delimitado en los mapas; ¡no ves que eso es malo!, te puedes perder y luego hay que buscar entre las flechas escasas de sentido. Qué maña la tuya de hacer anagramas cuando la gente transpira ese olor a noción de experta. Ya sabes, una buena plática se inicia con el tema del clima. ¡Todos somos responsables de la catástrofe ecológica! ¡Así eh, con énfasis! ¡Todos somos responsables de la catástrofe ecológica! Ya después puedes ir hilando los otros temas: tráfico, platillos exóticos, recetas para curar enfermedades raras, política; en fin, tú misma te darás cuenta de las palabras que hagan sobremesa. Pero así eh, con énfasis.

                   Resulta que los edificios presumen sus ventanas a lo largo de la plazuela. ¡Mirarlos!, cuesta más trabajo que contar los pasos que Coquita ha dado a lo largo de su vida. Me encanta el ronroneo de sus tacones, sobre todo cuando saltan la charca para no mojar los holanes. En la esquina, donde dejaron puestos los brazos y las piernas de ambas razas, se agazapan a esperar la caída del sol. Pico, pico, pico y rebota una y otra vez, ¿tú sabes qué comen? Ah, es verdad, tú primero.

...son como Argos con la atribución de juez. Es la verdad. Claro, hay que ser justos y decir que son todos unos conocedores, que aman (y comprenden) lo que para mí es inalcanzable filosofía...

                 Perdón, creo que debo insistir Coquita y vuelvo a repetirlo, son senderos no delimitados. Ellos siempre llegan a la hora exacta. Pasan a la mesa, degustan los platillos, se envanecen con los altares de su buen gusto y categoría, y por supuesto, la sobremesa es correcto terminarla con chascarrillos que vayan acorde con el marbete de las prendas. Por cierto, noté las nauseas que te hicieron ir al baño, y no fue una vez, déjame decirte, me parece que fueron varias, sobre todo cuando sacaron los trapitos a secar en las fotografías de la primaria. Entendí perfectamente que te quedaras sin nada qué decir, a mí también se me había olvidado todo.

              Las varillas que soportaban nuestro peso parecían hundirse en la luz. Coquita seguía caminando entorno a la plazuela. Creo que yo también habría apretado las mandíbulas, los ojos, los puños. ¡Ficción! Tú primero lo dijiste. Entonces: silencio, paz, soledad. Me guardé tus palabras: es extraño ser el que se queda, sentirse como espacio remoto e invisible antes de pensar en marcharse también.

                   ¡Luis! ¡Cuarto para la seis! ¡Ya ves! El pensamiento es el que siempre interrumpe el estadio de lo infinito y lo inmortal. Son tus palabras. Las mías, se callaron cuando Coquita voló al otro lado de la calle. Después, sólo me tuve que marchar.


*El autor es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, Maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Actualmente doctorante en Educación. Miembro del grupo de investigación "Narrativas para la comunicación"  de la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Sus líneas de investigación son el análisis del discurso y las narrativas para la comunicación.