Eximente


Por: Hugo Israel López Coronel*


La noche asaltó una de las tardes de aquel jardín de hongos y pilares de aserrín. Fueron pasos, pasos de generaciones eternas y sin memoria, pasos rodeados de sonidos equivocados por la alucinación de los ecos, en lenguas diferentes, y traducidos a grafías que hurtaron el alma que nunca existió, pasos amodorrados que me condujeron a los recovecos donde no fui, donde jamás estaré, la noche se hizo día, y luego tarde, y un jardín. 

              Alguna vez, me detuvo justo frente a la puerta. Sus ojos dibujaron luz, en el principio de todo. Ahí, sólo para ver más allá, donde no hubo nada. El bosque abrió sus ramas para dejar pasar mis brazos y navegar en la miel de las colmenas. Caminar bajo el radiante sol al lado de las veredas, con el fleco de sueños hasta la comisura de los labios, y los dedos envueltos en los bolsillos. Sentir otra vez la vida invadir al cuerpo, sentarse a tomar café y platicar de los peces en la sala, al lado del público y sus otros actores. 

        El verano llegó, nuestras miradas buscaron más adentro, mucho más adentro. Empezaron a encontrar a los otros, sujetados todos de la mano, en amasijos de colores y formas, en vértices oblicuos que danzan en el aliento. Algunas fuentes se llenaron al tope y se desparramaron para poner verde al pasto que alimenta la conciencia del tiempo. Las olas se hicieron otra vez en la playa y el sol se trenzó en la línea del fondo del mar, hizo el amor y abortó sus fluidos para darle color al cielo de los atardeceres. 

              La plata se apoderó de las nubes e invadió sus entrañas para hacerlas flotar a la deriva, entre las olas del viento, entre las arrugas del alma… Muchos, siempre muchos besos se enterraron en nuestras pieles y también muchos tiempos se ahogaron entre nuestros cuerpos. Su larga cabellera se expandió por el alba de los sueños para preguntar al hechicero por las caricias, por los cuerpos convertidos en manos, invadiéndose unos a otros, sin regla, sin principio, sin fin, bocas devorando hasta la última caricia olvidada en el más remoto pliegue. 

           Cuando el otoño llegó y el último amanecer se fue de entre mis brazos la vi partir, arrojarse al vacío, al infinito vacío con las palmas pegadas al pecho y los amaneceres envueltos en un sobre rotulado con besos. Al salir para siempre, se detuvo por un instante en el umbral y musitó palabras ininteligibles. Creí que dijo que yo era suyo, pero no lo sé. Sólo quedaron las tardes de aquel jardín de hongos y pilares de aserrín. Ella, cerró los ojos, se dejó llevar por el viento. Polen, flotaba otra vez.


*El autor es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, Maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Actualmente doctorante en Educación. Miembro del grupo de investigación "Narrativas para la comunicación"  de la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Sus líneas de investigación son el análisis del discurso y las narrativas para la comunicación.