Millennialcantropía


Por: Paco Echeverría*


Y eso que el ambiente estaba de lo más ideal, todo era perfecto, excepto que el antro carecía de techo. La pista contigua sí estaba cubierta, pero los calores que se habían soltado habían obligado al dueño a trasladar el sitio a ésta pista, a cielo abierto, con unas palmeras feas que trataban de adornar y darle un estilo tropicalón; las mesas y sillas de la “Corona” de vil fierro y anticuadas terminaban por darle un cierto aire corrientón al espacio, aportándole un aspecto de tugurio de tercera o a una película de encueratrices, de esas con las que mi papá y mis tíos se doblan de la risa cuando salía un tal “Zayas” o un tal “Chatanuga”.

                Pero esa noche, aparentemente sin mayor novedad que divertirnos por ser be-viernes, quedaría impregnada en mí una de las experiencias más terroríficas que a mis diecisiete años superaba mi aun entumida vida.

              Todo iba bien, tomando unos drinks con la banda, habíamos acordado reunirnos en el Wolf’s para refrescar la garganta después de las clases de la mañana y la explotada chamba por  las tarde durante toda la semana. Quién pensaría que el chafa nombrecillo del antro tendría mucho que ver con lo que esa siniestra noche me aconteció.

              Resulta que entregado entre mi propia ausencia, el sentimiento de vacío y el golpeteo del estridente techo-dark que salía como magia de las negras uñas del Dj… ella se plantó como un impetuoso ventarrón frente a mí, acercándose lo más que pudo a mi oído izquierdo para decirme:

                 – ¿bailamos?

                Los amigos echaron la carcajada, y yo, sacando un cigarrillo e intentando prenderlo rápidamente, la tomé de la mano sin asentir y sin ni negar su propuesta. Simplemente me dirigí con ella a la pista. Mientras bailábamos, fue mesurando su frenesí y nuevamente su vaho invadió el mismo oído.

                  – ¿Crees en los hombres lobo?... es más... ¿Mujeres lobo?

                  El cigarrillo se me desprendió de la boca y cayó al suelo, di un respiro, tragué saliva para refrescar la tráquea.

                  – ¿Te estas drogrando?, es lo único que se me ocurrió responderle.

Subió la ceja derecha, y se retiró hacia las escaleras que daban al baño. Miré mi cel y vi que ya estaba anocheciendo, que en la radio habían anunciado luna llena para ese día, y que ese fenómeno “pone intensa” a la gente, sobre todo porque el conductor del programa había hecho mucho énfasis en que ya tenía un buen de años que no coincidían la luna llena y el solsticio de verano.

                Me acerqué a ella con una sonrisa nerviosa a la vez que de disculpa. Me miró fijamente, abrió lo más que pudo sus grandes ojos negros y me dijo con tono serio:

                   — Seguramente eres de los que cree que un hombre lobo es como aquel que sale en el cuento de la caperucita, de esos que Disney saca en pelis para niños idiotas. Hace un mes fui a un toquín a aquella colonia que tiene ruinas prehispánicas. Era ya como las once de la noche; de pronto al son de una rolita dark en español, por cierto con letras de amor y quebrantos que embonaba muy bien con el paisaje de abandono del lugar, un vato se me acercó para pedirme fuego. Le dije que no fumaba. Entonces se inclinó hacia mí hasta llegar a mi oído izquierdo y susúrrame si creía en esa leyenda de hombres lobo.

                      — Le sonreí por educación e intenté disculparme para retirarme, pero en un rápido ademán, con su dedo índice derecho cerró mis labios y comenzó a narrarme una historia de cómo él había topado a una de estas criaturas. Ese día había luna llena, empezó a correr un aire que desnudó por completo al astro y el aspecto del vato ya era desesperado, con rostro desencajado, como si estuviera anunciándome a gritos que sucedería algo espantoso.

                Mientras ella me seguía relatando su historia, cheque nuevamente el cel y me di cuenta que coincidentemente también eran las once la noche. Pero ella proseguía habla y habla extremando las gesticulaciones.

                — ¡No lo vas a creer!... repentinamente se tiró al suelo y llevándose las manos a la cabeza comenzó a gritar como loco, tratando de protegerse de la luz que reflejaba la luna llena que en ese momento estaba en su punto… ¡Y vino lo increíble!, comenzó a rasgarse la ropa, profiriendo ahora más bien aullidos, su piel antes lampiña se llenaba de cabello y sus ojos estaban completamente inyectados.

                Me la quedé mirando, y me di cuenta que no tenía caso contradecirla, tal vez solo quería desahogar su adolescente soledad o la falta de cariño paterno, o esas cosas que a las morras les pasa simplemente porque así son.

                      — ¡Era un hombre lobo! —lo dijo con intrincada voz, y prosiguió.

— Pero no como todo mundo sabe que es un hombre lobo. A pesar de tener un cuerpo medio atlético, éste era algo afeminado en sus maneras, con escaza intención de atacar, es más, se abalanzó a las jardineras aledañas para comer plantas y hojas de árbol. ¡Esa imagen de depredador que siempre han pintado los escritores es una vil mentira, o por lo menos ya no es una realidad en estos tiempos! Pues, note enseguida que al ser un vato de esta época, seguramente se trataba de un hombre lobo millennial, con otras características.

               — Así que sobrepuesta a mi impresión, traté de calmarlo, pero de esas cosas que reaccionas, y te viene a la mente que los millennials son bipolares. Sin darme tiempo a echarme a correr, pasó de ser una bestia sensible y frágil, a morder mi brazo con furia, para después correr hacia los matorrales de la despedazada pirámide que más o menos le daba vida al lugar, perdiéndose en la oscuridad.

               Entre receloso y chocado por el relato de la morrilla, dirigí la mirada hacia el cielo y el aire espejaba un gran disco blanco y muy brillante.

                Algo se clavó en mi mente, como una voz de alarma, me sacudí la desgarbada posición y comenzó a correr por mi espalda cierto escalofrío. Por encima de mí y de ella, a un lado de esa pista desamparada de azotea, una intensa luz natural caía en seco. La morrita comenzó a desarticular su semblante, sus ojos se tiñeron de carmesí, sus ropas volaban en jirones.

               Los fuertes aullidos frenaron la música de golpe y la gente comenzó a correr horrorizada por la escena. Ella, transformada en un lobo merodeaba alrededor de mí. Recordé poco a poco los detalles de su anécdota y recorrí errante con la vista si había vegetación a la mano, pero sólo estaban ahí las pavorosas y descuidadas palmeras que dan al espacio un ambiente mucho más espectral.

               En ese preciso momento, algo me decía que ya había topado a ésta compa en algún lado.

               – ¡Claro!

            Era la presidenta del Comité de igualdad de género del vespertino de la prepa, y se decía que odiaba a los hombres, tanto como odiaba a su padrastro.

                Aún siento en mi espalda aquella filosa y dolorosa dentellada… sólo recuerdo que corrí y corrí y corrí y que la luna, su luz, ya no sería la misma.

                 De este antro, hoy saldrá una nueva historia que seguirá pasando de boca a oído izquierdo.


El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como UnivercienciaMomentoCalmécacRevista de la Universidad del Valle de PueblaRelieves y Revista Mexicana de Vampirismo.