No se metan con mis muchachos


Por: Valeria Delgado*


Hay cosas de las que no me gusta hablar, mi infancia fue un infierno personal, nunca nadie se ocupaba de mí en esos momentos y nunca podía conseguir lo que quería, era difícil que mamá entendiera, dice que soy un error. Ella me teme, más cuando estoy con Gabriel, él es malo con todos, pero supongo que soy su excepción, a veces quisiera que todos me vieran como yo los veo.
El día que Gabriel llegó a mi vida, mi padre era un sargento retirado, pero casi siempre tenía cosas que hacer entre semana, era muy respetado por sus compañeros. Todas las noches regresaba con 4 tortas, una lata de frijoles y 1 aguacate.
Nunca me pude ocupar de mi vida, nunca tuve amigos a quienes traer a casa, no por temor a que mi padre no los recibiera, incluso hubiera sido el más acomedido y mis amigos se hubieran enamorado de él. Pero la primera y última vez que llevé gente a mi casa mi padre me metió al baño y me dio unos cinturonazos, probablemente mi padre me hubiese quitado la comida de toda la semana. Realmente no me importaba que Gabriel ocupara todo mi tiempo, siempre supe que tenía algo especial. Todos en la casa apostábamos a que nos sacaría de este cuchitril, así que lo apoyaba, él siempre fue muy especial y decidido.
Siempre entraba al cuarto del jefe y se encerraba. Teníamos muy claro que entrar ahí nos traería golpes, así que yo cuidaba la puerta mientras Gabriel hacía lo suyo.
Un día a Gabriel se le olvidó poner en su lugar las medallas de colección del jefe, fue el peor día que he tenido, nos sentó en la sala y preguntó una sola vez quién había entrado a su cuarto. Yo sabía lo que eso nos iba a costar a Gabo y a mí, recordé los cinturonazos de aquel día que traje a mis amigos a casa, no quería eso para Gabriel así que no lo delate.
Gabriel no era muy valiente y le dijo a mi padre que yo ha iba entrado y que los había hurtado.
Era un maldito mentiroso, siempre me hacía pasar por este tipo de cosas, yo lo quería mucho, pero me robaba la juventud.
Le habría perdonado mucho, pero él sólo se preocupaba por sí mismo. Cuando íbamos camino a la escuela le alzaba la falda a las chicas, en exámenes se le olvidaba estudiar, en clase me decía: ándale ayer me tocó cuidar a mamá. Nunca me gustó ser superior a él, porque en casa el jefe siempre decía que se cuidara de ser menos que yo, así que terminaba aplicando dos exámenes, uno para él y el mío. A decir verdad, mi familia no vivía en una buena zona, mi padre siempre nos dijo: todo el dinero que alguna vez ganó se lo daba a los pobres.
Mi casa tenía dos habitaciones, una cochera, un mini patio, y el cuarto del retorno sin salida donde al jefe le gustaba llevarme. La verdad es que después de un tiempo Gabriel se quedó con la habitación que compartíamos, se hizo cotidiano que yo me quedara en el sofá cuidado de mamá, era muy extenuante cuidarla, pero después de cierto tiempo es placentero. Papá me dijo desde muy pequeño que cuando él muriera yo sería el hombre al mando, y un hombre tenía que cuidar de la mujer. Desde que tengo nueve años acompaño a mamá con su doctora.
- Risperidona cada 2 veces al día, suerte muchachito.
Mi madre fue empeorando con el tiempo, lo podía ver aunque ningún adulto quería decírmelo, y también notar que a papá no le gustaba estar cerca de su mujer, y cada vez que ella empezaba a gritar y a ponerse el jefe ponía una cara muy ácida, podía ver en él que algo le fastidiaba, algo que no pudo hacerle bien y ahora vive con eso.
A veces saliendo de la escuela corría a la clínica por las pastillas de mamá, suelo ser despistado.
En la clínica cerca del zócalo normalmente tenían las pastillas para mamá, algo asombroso fue ver a Gabriel yendo por las pastillas, estaba recargado en un aparador, un señor se le acercó y juntos empezaron a contar montones de billetes. Siempre supe que Gabo nos sacaría de este cuchitril, pensé que había encontrado trabajo, ¡Gabriel era la persona menos predecible de esta tierra! Corrí para felicitarlo por su primera paga, pero Gabriel extendió la mano al señor del local y le dio unas medallas. Me quedé pensando ¿por qué le habría dado sus medallas que tanto le costaron ganarlas? Gabriel no lamenta. ¿Eran las medallas del jefe? ¡Que mala suerte la mía! ¿Por qué no las robé yo?.


*La autora nació en la ciudad de Puebla el 21 de Mayo en el año bisiesto que despidió a un milenio.

En el verano del 2017 Valeria pasó sus vacaciones sentada en las sillas de la biblioteca Miguel De La Madrid sabiendo que la literatura y alucinar eran parte esencial de su pequeño mundo.

Gracias a Frankenstein y a un profesor de literatura, Valeria dejó las Relaciones Internacionales (perdiendo un año escolar) y fue directo a la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Donde actualmente cursa el tercer semestre de la licenciatura.

Ha desempeñado en talleres artísticos impartidos por La Secretaria de Cultura y Turismo del Estado de Puebla "Periodismo literario", "Historia y vanguardias artísticas" y "Creación de sonido para cine" impartido por el IMACP.

Activa en Blogger desde Enero del 2020.