Nos cayó el chahuistle


Por Penélope Astudillo*


Nos cayó el chahuistle como a finales de abril. Un virus parecido a la gripa que mata menos que la gripa pero es más grave. Yo no entiendo muy bien a qué se refieren, sólo sé que cada que salgo, mucha gente trae cubrebocas y que no te dejan entrar a las tiendas grandes si no lo traes.

 No es como que a mí me dejaran entrar antes, siempre que algún policía estaba en la entrada  me negaba con la cabeza y se ponía frente a mí para evitar mi paso. Una vez hasta pisoteó el asfalto, como si estuviera ahuyentando a un perro, por poco y me echa agua. Si supieran esos hombres que yo ni ganas tengo de entrar, sólo quiero ver si tienen cajas que ya no ocupen o botellas que hayan tirado. Por eso ya ni voy, me incomoda el cómo me ven, con cara de fastidio, de asco, a veces hasta con miedo. Como si ellos estuvieran muy lejos de ser como yo.

Pero los policías no son los únicos que me tienen miedo, cuando voy con mi carrito buscando en los basureros, casi siempre me topo con las miradas de asombro, eso si es que me voltean a ver, porque los que van y vienen en los coches me ignoran a tal grado que hasta me salpican al pasar sobre los charcos. Ni perdón me piden. Aunque creo que son peores las que si me ven, las mamás que traen de regreso  sus hijos de la escuela, y que los agarran fuerte cuando me ven caminando. “No te acerques a la loquita” dicen a veces.

Me tomó mucho tiempo darme cuenta que se referían a mí. Cuando lo hice, llegué a mi casa y me miré en el espejo. El cabello largo, enredado y gris, los ojos negros y hundidos, mi ropa holgada y sucia. Sí parezco loca, o bruja. Da igual, total los únicos que me ven son mis perros. Ninguno tiene nombre. Hubo un tiempo en el que tenía como diez, y todos tenían nombre, me envenenaron a más de la mitad, y me dolió tanto que decidí no encariñarme más. Ahora nomás tengo tres, pero aún sin nombre, los quiero, así que no funcionó. Esos se me pegan y brincan cada que llego a mi casa. Me lamen las manos y les doy de comer, y cuando me acuesto en la cama, se duermen ahí a lado. Esos sí me siguen, esos no me ven feo.

Y con esto del virus, la gente se ha puesto peor. Antes sólo se alejaban de mí, ahora veo que se alejan de todos. Licha, que tiene su puesto de molotes en las tardes, me dice que se las ha visto muy negras. Antes le iba bien, tenía lleno todas las noches, y llegaba bien tarde a su casa, pero me pasaba a dejar un molote, de esos grandotes que ella hace, de cualquier guisado que le sobrara. Y si no le sobraba, me decía que mañana me hacía dos. Ahora siempre le sobra, y yo le digo que se lo quede ella, pero necia, todas las noches me lleva uno. A veces nos quedamos platicando, aunque también Licha se aleja un poco, aunque ya no sé si es por lo mismo del virus, o porque también le doy miedo. No recuerdo si siempre se ha alejado o si es algo nuevo.

“Doña Manuela, use su cubrebocas” me dice, “lávese bien las manos y no se le acerque a la gente”. Yo nomás me le quedo viendo y asiento con la cabeza. Pero ella no entiende que las manos siempre me las he lavado porque todo el día hurgo en la basura, que no es como que tenga a quién acercarme, que el cubrebocas me da calor y no puedo respirar. Total si Dios quiere que me muera, será como él diga, use o no esa cosa. Que a mí el chahuistle me cayó desde hace muchos años.


*La autora es licenciada en comunicación, por la Benemérita Autónoma de Puebla. Ha colaborado en distintas revistas como TEIP y Revista UNUS como columnista de la sección de cine. También forma parte del consejo editorial de Óclesis. Ha trabajado en abc Radio y LO media como locutora y productora de programas radiofónicos. A su vez ha participado como organizadora y ponente en el Coloquio Nacional de Narrativas. Se especializa en la corrección de estilo y creación de contenido para distintos medios.