Primavera anunciada


Por: Andrea Corona*


Esa mañana desperté muy temprano, no había otra forma de despertar en el campo. El calor lograba hacer madrugar a todos los que habitamos entre estas colinas verdes. Aunque toda mi vida ha transcurrido aquí, nunca logré dormir después del amanecer. El canto de las aves era un ritual puntual y entusiasta. Se decía que el tiempo en estos lugares había dejado de transcurrir y se vivía siempre el mismo día. Sin embargo, yo siempre lograba encontrar un lenguaje único con la naturaleza y distinto cada día: cantaba con las aves, cantábamos a un nuevo amanecer, silbaba hasta que el sol salía.

Tenía un oficio desde hace más de una década: horneaba y transportaba el pan de la zona. Esa labor formaba gran parte de mis días, además que no había mucho por hacer o aspirar en un pueblo tan pequeño. Mi trayecto diario era por una pequeña carretera, entre árboles gigantes de mango, árboles que a diario me gritaban el anuncio de la primavera, esa carretera que conectaba a un poblado que congrega una comunidad de mulatos, en donde a diario repartía el pan. Esa mañana la entrega nunca llegó; el camino que a diario recorría tomó un rumbo distinto y ya no desperté a otro amanecer.

La primavera feroz se abre y polvorea un espíritu cálido y sanador; es por eso que de su llegada dependía mucho la vida y las siguientes estaciones, las flores y los frutos. Fui un hombre árbol, hombre feliz, hombre campo, fiel amante de los días calurosos, novio eterno de la primavera.

Ahora habito en un silencio interminable y lejos del canto de las aves. Permanezco detenido en el tiempo y comienzo a extrañar el cuerpo cálido de la primavera.


*La autora es egresada de la Licenciatura en Derecho por la Universidad del Valle de Puebla. Es miembro activo de Óclesis, víctimas del artificio. Actualmente es abogada postulante, con especialidad en Derechos humanos.