Profecía


Por: Hugo Israel López Coronel*


“Nuestro pasado estará limitado por la ignorancia de nuestro futuro”.

Apunte seminario Dra. Aída Gambeta. 

Cerrarás la puerta, encenderás la luz y una vez en el escritorio vaciarás tu bolso. Encontrarás la prenda y notarás una mancha de carmín sobre el cuello. Permanecerás inmóvil deteniendo el juicio, hurgando en los recovecos de tu conciencia y en los palmos de la distancia que alguna vez fue. Darás vuelta hasta llegar al gabinete y extraerás los ganchos y la bolsa del tejido. Te dejarás caer sobre el sillón para continuar con el tejido. Tus manos entrelazarán los hilos con la misma destreza que será la de siempre; y tú, contarás las vueltas necesarias para completar la primera cadena de eslabones sobre la base de la nueva prenda. Procurarás no hacer ruido para no interrumpir un sueño al otro lado de la cortina. Oirás roncar las bocanadas de aire para luego ser constantemente extinguidas cuando su charla termine por nombrarte, no con tu nombre. No le darás importancia y fingirás costumbre, pero después de algún tiempo la furia te recorrerá la sangre por completo.

                    Transcurrirán algunos minutos, harás a un lado el tejido e iniciarás una camita alrededor de la habitación y presenciarás la cacofonía en los murmullos venidos de entre sus labios. Con agudeza, tu existencia se enfrentará inquebrantablemente hasta quedar exhausta en los brazos de alguna locura. No querrás desafiarte, más aún, después de la bravata en la que habrás arrebatado con tanta furia el aliento último antes de proponer tus argumentos. Te quedarás inmóvil ante tu mirada desafiante, estampada en tu sombra, y de ella, sus muecas escrutadoras, lascivas, envueltas en escasos movimientos sudantes de lasitud, con el recuerdo que aún estará fresco en las últimas puntadas a las grecas del chaleco para ser puesto al aparador con etiqueta de precio, ya en un eterno al cascajo como prenda, ya en simultáneos repliques de tacones anunciando el regreso.

                    Podrás decir entonces que ese es el sentido en que las últimas miradas tendrán que ver con todo tu pasado, tu futuro, con toda la totalidad del tiempo estacionado en ese presente como partida. Elucubrarás la conclusión en la que todos los años de tu vida serán apenas un instante y te llenarás de un furor desmesurado. Tu pesimismo desembocará en el pesar, donde los ojos se pondrán por primera vez y determinarás que tu amor pudo valer la pena. Con la razón anulada, regresarás al sillón para tomar los ganchos y tus pasos te llevarán hasta quedar de frente. Las miradas sobre aquella figura se agolparán en una miríada de escándalos que todavía no se escribirán; mientras tanto, empuñarás con todas tus fuerzas los ganchos del tejido. Estarás en convicción firme con la vindicación aferrada en tus nudillos rígidos y observarás un rostro a unas respiraciones del tuyo.

                    Por tu mente desfilarán los valles que serán visitados durante la mocedad de los primeros besos, las charlas que se establecerán sobre la compostura de los granos de arena del reloj, los toques de queda que nacerán después del clímax y vendrá la simpatía de la astucia del instinto para desear su piel. La energía galopará con mayor ímpetu hasta que explotará dejándote ver la misiva que la sangre tatuará en el inmobiliario del alrededor, y tú, no podrás detener la intención de seguir insertando una y otra vez los ganchos sobre su cuello, una y otra vez sobre su pecho, una y otra vez en el abdomen, una y otra vez hasta que un grito estridente y final despedazará la última imagen…

                    Todos te observan conmocionados. Tu respiración es acelerada. Después de un instante vuelves la mirada y notas que todos los pasajeros te observan. Caes en la cuenta de que una mujer ha llegado hasta ti para ofrecerte ayuda. Le agradeces amablemente y te desprendes de una sonrisa con el rostro sonrojado. Acomodas tu cabello, discretamente llegas hasta la puerta del autobús y pides la parada. Das la caminata sobre las avenidas agregadas en un estado taciturno, contigo, hasta que llegas a casa. Abres la puerta, enciendes la luz y una vez en el escritorio vacías tu bolso. Das vuelta hasta llegar al gabinete de donde extraes los ganchos y la bolsa del tejido junto con la prenda. Una vez en el sillón te propones terminarla. Tus manos entrelazan los hilos con la misma destreza de siempre; y tú, cuentas las vueltas para terminar la última cadena de eslabones de la prenda que preparas como regalo de aniversario. Como cada noche, procuras no hacer ruido para no interrumpir un sueño al otro lado de la cortina.

                    Desprendes los ganchos y cortas los hilos sobrantes. Examinas con perfección la envoltura del regalo y colocas a la vista tu nombre. Reflexionas sobre el testimonio de sus ronquidos; te pones en pie y llegas hasta él, empuñas con todas tus fuerzas los ganchos del tejido.


*El autor es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, Maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Actualmente doctorante en Educación. Miembro del grupo de investigación "Narrativas para la comunicación"  de la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Sus líneas de investigación son el análisis del discurso y las narrativas para la comunicación.