Un tratamiento muy especial


Por:  Daniel Verón*


       Una figura caminaba rápidamente por las calles de invierno del pueblo con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Muy pocas personas transitaban por allí, pero quienes pasaban a su lado lo miraban como a un loco, y esto era lo que parecía, porque cada tantos segundos se daba vuelta hacia atrás, como para cerciorarse de que nadie lo seguía. En realidad, el hombre apenas daba unos pasos sin volverse, para luego reanudar la marcha, ofreciendo así un extraño espectáculo a la vista de aquella gente de vida sencilla, que transcurría en un tranquilo poblado, donde en esta estación del año era abandonado por muchas personas, visitantes y pobladores, que se iban a trabajar a las grandes ciudades.

       A menudo, el extraño personaje no sólo miraba hacia atrás, sino también en derredor suyo. Al hacer esto, su semblante denotaba cierta clase de angustia interior.

       El cielo se nubló completamente con unos espesos nubarrones, y el pueblo fue atravesado por un frío viento que chocó contra las ventanas de las casas.

       La figura se detuvo frente a una vieja casona de dos pisos, en cuya entrada había una gastada chapa, no obstante lo cual podía distinguirse un nombre: “Doctor Mark Richmond. Psiquiatra”.

       El hombre, por un momento, creyó que se le nublaba la vista, pero, de todas formas, atravesó el umbral de la casa y ascendió por una polvorienta escalera. A partir de entonces, todo pareció suceder con mucha rapidez, por lo que, durante unos minutos, olvidó darse vuelta. Algo raro sucedía, o, al menos, esto era lo que él creía. Los gastados escalones, las paredes descascaradas, parecían llamarlo para que él acudiera a algo extraño, que no podía explicar, por cuanto lo ignoraba. En realidad, era como si aquella casa, que podría pasar por la guarida de un Frankestein, lo estuviera hipnotizando.

       El caso fue que muy pronto, y sin saber cómo, se halló acostado sobre una dura cama de consultorio, con los ojos abiertos. Mientras era observado por un singular personaje, de ojos saltones, cubiertos por unos pequeños anteojos, y con el pelo completamente alborotado.

       – ¿Cuál es su nombre? - Oyó que le preguntaban.

       – Kurt Buchanan.

       – ¿Qué edad tiene?

       – Cuarenta y tres años.

       – ¿En qué se ocupa?

       – Soy músico en la orquesta de Wrightville. ¡Maldita sea! ¡ Mejor dicho, era músico, hasta que...!

       – Explíqueme su problema.

       – Es difícil - pareció dudar  Buchanan. - Nunca he visto antes a un psiquiatra, no sé por dónde empezar.

       – Empiece, eso es todo.

       – Alguien me sigue, doctor. Me sigue y me sigue y no me deja un minuto en paz. Está en todas partes adonde yo voy, porque va conmigo. ¡Ahora mismo está aquí! ¡Sí! Igual que cuando me afeito o veo televisión o leo un libro.

       – ¿Qué cara tiene esa persona?

       – Bueno... no tiene cara, es decir... no se ve en él ningún detalle en particular, porque sólo veo su silueta. Es como una sombra, doctor, como una sombra...

       – ¿Adónde está? ¿Por qué cree verlo sólo usted?

       – Se esconde... Siempre está escondido. ¡Todos los ven pero no se dan cuenta! ¡Incluso usted mismo, doctor!

       – ¿Sabe cómo sucede eso?

       – Él... él se hace pasar por mi sombra. ¡Esa cosa! ¡Esa cosa no es sólida, no se puede tocar pero está ahí! ¡Quiere hacerme creer que es mi sombra, pero yo la he descubierto!

       El doctor Richmond se paseó unos instantes, indiferente, por el salón.

       – ¿Por qué vino aquí? - preguntó al fin, gravemente.

       – Unos amigos me dijeron que usted había estudiado estas cosas y podría orientarme.

       – ¿Qué es lo que hace esa cosa?

       – Me mira... Me observa todo el tiempo, y quiere matarme, lo sé.

       – ¿Hace cuánto tiempo que apareció?

       – Hace casi un mes... un mes de pesadilla, huyendo permanentemente.

       – Bien, eso es todo lo que deseaba saber, señor Buchanan - finalizó el psiquiatra, levantándose de su asiento - Espere usted un momento.

       Así lo hizo Buchanan, que, de inmediato, se sintió ligeramente fatigado, aunque sin comprender por qué, y entrecerró los ojos. De pronto, se sintió preocupado y se incorporó en la cama. El doctor Richmond se había ido a una habitación contigua, de la que ahora salían unos extraños sonidos. Era curioso, pero Buchanan hubiera jurado que aquellos sonidos pertenecían a alguna clase de compleja maquinaria existente allí, pero eso era imposible en aquel lugar donde sólo había muebles y objetos gastados por el transcurso del tiempo.

       Minutos después, salía el psiquiatra de allí, con varios papeles en la mano, algunos de los cuales dejó para sí sobre una mesa. El resto entregó a Buchanan diciendo:

       – Estas son las indicaciones como solución a su problema. Le sugiero que vaya viéndolas en el camino a su casa. Ahora, váyase, que debo atender a otros pacientes - concluyó, observando con nerviosismo su reloj.

       Confuso, salió Buchanan del consultorio, sin poder divisar a ningún paciente más que estuviera esperando. Echó un vistazo a los papeles que le habían sido entregados, en los que se apreciaban una cantidad enorme de anotaciones completamente incomprensibles.

       Sumido en un mar de dudas, atravesó lentamente una solitaria calle que, de pronto, no estuvo tan desierta. Un pequeño automóvil, que venía disparado como un rayo, atravesó toda la cuadra, de un extremo a otro, en escasísimos segundos, y Buchanan desapareció bajo sus ruedas.

       El vehículo siguió de largo. El macizo cuerpo yacía en el suelo cuan largo era, literalmente aplastado, y la calle estaba nuevamente desierta, por lo que nadie vio el suceso, nadie... excepto unos ojos saltones que, tras un cortinado de la vieja casona, reflejaban una perversa satisfacción.

       Y fueron esos ojos los únicos que observaron el increíble espectáculo, cuando una extraña silueta negra se desprendió del cuerpo inerte y comenzó a avanzar lentamente hacia la casa...

       Richmond, luego de permitirle el paso, corrió a la habitación del fondo y, rápidamente, envió mediante el sistema computador el mensaje en código:

       – “Misión 8.531 efectuada y en el horario exacto. Nuestro agente ha cumplido. Sólo he debido ayudarlo un poco. La invasión continúa y preparamos ya una nueva misión. ¡Fiel al Amo!...Fin del mensaje”.


*El autor es originario de Argentina. Actualmente tiene 63 años. Estudió filosofía y letras y es docente de Teología. 

Escribe cuentos, principalmente de ciencia ficción, terror y fantasía. Ha publicado "La exploración del Universo" novela de ciencia ficción y la ha presentado en distintas ferias de libros. Además de publicar en algunas revistas digitales.