Usted…es prenda


Por: Hugo I. López Coronel*



Entonces mis labios abordaron los suyos. Él me lo propuso. Llegaba de la ceremonia. Arrugada por la risa de tan apetecible festín. El luto me sentaba, me hacía respirar lo que yo pretendía. Siempre ha sido así, como que... ¡Así!, lujo, mi encanto, decidir dejar todo a un lado y poner a remojar nuevamente las caricias para desalarlas.

           Todavía respirar entre su boca me hizo ahogarme en el fuego, tragarme los puños para no dejarlo ir, para abrazarme a sus caricias y tomarlo, y tomarlo, poseerlo hasta donde mis fuerzas me llevaran, tomarlo, y regalarme. Soñar a su lado, sentir cómo sus palabras gobernaban el universo. Tirano... ahogarme en el fuego... tomarlo... no dejarlo ir.

             Me invitó a pasar. Olvidé el camino de regreso cuando las paredes se pusieron de cabeza mientras yo me comía sus caricias a besos. ¿Una copa?, quizá dos. Acomodó las sillas y vistió a la mesa de azúcar y agujas. Puso sus brazos sobre el mantel de plástico y digitó algunos nombres con las pupilas. Fue entonces cuando bajó la mirada y empezamos por cambiar primero labios dormidos, y luego, pasamos a los susurros entre los oídos.

         La Era, no es más que una espora empujada, un enorme microcosmos en alguno de los mechones de un sol. Los siglos siempre terminan amontonándose en los escombros de las preguntas. Sentir sus palmas recorrer la piel de mi alma, envuelto en arena fina, en lenguas apetitosas en la abundancia del capricho. ¡Tienes que caminar, se acaba!

Junté mi piel a la suya y descendí por el cuello. Libé los poros hasta quedarme inerte, hundido entre las piernas. Mis manos se delineaban, en su cintura, entre las piernas. Mi pecho se unió al suyo. Mis dedos la tocaron. La sentí vibrar en mis brazos... ¡Te amo!

              Repítelo. ¡Por favor! Gimió a mi oído.

             Lo abracé. Tomé sus labios con los míos. Desprendí su camisa. Recorrí su vientre, lentamente, muy lentamente. Las gotas se resbalaban, horadaban pequeñas grietas, incisuras frágiles que mi saliva llenaba. Enloquecía cuando sus mejillas me devoraban. Me dormía, me quedaba a esperar el alba y a sentir cómo la tierra pesaba menos cuando las aves iniciaban el vuelo. Y tener su cuerpo a mi lado y besarlo, recorrerlo con mis párpados, saborearlo y transpirarlo, eructarlo.

          Detrás de sus hermosos ojos pude escuchar los violines. Sus lamentos me trajeron hasta la línea donde las estrellas se ocultan y vigilan el vuelo. La conocí después de hablar de mil años de humanidad. ¡Los grandes imperios también se caen! ¡Sirena!, déjame dormir esta noche entre tus brazos. Mañana tengo que volver, esta Era lleva nombre… 

           Nunca me mintió. Las promesas siempre las hacemos. Son parte del diálogo. Me prometió. Prometí. Se deben decir, y, se deben romper. Para eso son promesas.

             Una mañana se levantó. Después de vestirse me dejó un beso en la frente y salió. Prometió regresar. Prometí buscarlo. Eso fue parte del trato, como yo, también, lo era, era, él. La Era.


*El autor es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, Maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Actualmente doctorante en Educación. Miembro del grupo de investigación "Narrativas para la comunicación"  de la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Sus líneas de investigación son el análisis del discurso y las narrativas para la comunicación.