Velada


Por: Hugo I. López Coronel


Un alto en el resquicio de la puerta… La voz de... Se ha venido encima el universo entero… La tormenta da paso a la oscuridad… Las sobras de los balcones se ocultan tras los vidrios, se van perdiendo lentamente en las voces del pasado perpetuo de las fachadas señoriales y los portones ensamblados con madera rancia, almidonada con capullos de otras tierras y de voces extrañas que imponen creencia…

            Abel comparte la mesa, su rostro es merendado por la luz de la veladora entre nosotros. Su cabello oscuro danza al ritmo de las cuerdas, en líneas que dan forma desde los ojos; él, sentado, casi oculto de los demás rostros; en un instante, la música sin notas envuelven el salón, las piernas se han ido, han coronado al primer emperador.

           ¿Puedes decirme más que la verdad?

           No sé, quizá algún aroma que indique el color de los cielos.

           Es decir, primero te vuelves poderoso, te pones la armadura y derrotas a los viejos en su propio campo. Escribes códigos y promulgas leyes. Te compras un nombre y lo calcas en los altares mayores para que no lo olviden. ¿Y después?, te dedicas a juntar migajas para alimentar al otro. ¿Pastillas? ¿De cuáles? Si me has dicho que son cajitas de colores donde guardas rasgaduras, también les llamas cicatrices, pequeños recovecos, incluso tragaluces.

            Abel baja la mirada. Enciende un cigarrillo. Exhala. Coloca la mano bajo su rostro sosteniéndolo desde la barbilla. Tendré que empezar desde mi llegada… Creo que es lo correcto. Me parece que así son mejor las bravatas. La clausura ya había terminado. Quedamos a las cuatro, pero las horas me sobraban. Llegué antes de lo previsto. Ella tomaba una copa de ron. Me invitó un trago y esa noche dormimos juntos.

            Abel da un sorbo a su café y vuelve a acercar el cigarrillo a la boca… Mira, caminar por la vida significa quitar algunas piedras. De buena fuente sé que arar la tierra todavía es rentable. Mis abuelos acostumbran orar antes de ir a dormir. Dicen que los santos interceden por los vivos, que hacen milagros a quienes los piden. Si tú lo deseas, creo que puedes rentar alguno. Búscalos, tal vez encuentres. Ahora, imagino que cortaste la fruta y cuidaste los rebaños. ¿El jugo tenía sabor?

            Iniciamos la caminata atravesando el parque, descendimos la calle hasta llegar a la esquina de la oscuridad, justo donde están los nidos. Tomó mi brazo y recargó su cuerpo al mío. Ella sabía hacerlo, entendí que no era su primera vez. Le gusta mucho imaginar. Dice que existe. Yo también.

            Generalmente las cosas tienden a caer. Siempre caen. Tarde o temprano la misma naturaleza cobra las facturas y los dientes terminan quebrándose. Sé perfectamente que ha habido más especies, algunos altos y lánguidos, otros bajos y fuertes, algunos más peludos y robustos, y otros hasta con rostro y nombre. ¡Especies! Tú sabes lo que digo. Se organizaron y crecieron. Se pintaron las caras y sembraron alfabetos en sus bocas. Siempre crecieron, día tras día aumentaron el tamaño de sus nombres hasta darles formas, muchas formas, miles y millones de formas... Lo complicaron. Todo lo complicaron.

              Abel terminó el cigarrillo y dejó caer la boquilla en el cenicero. Colocó sus codos sobre la mesa y continuó con la charla… Puse seguro a la puerta. Estábamos completamente solos. Dispusimos de las ropas e iniciamos el vuelo. Me acomodé en su regazo para escuchar la marcha. Los suyos fueron los primeros en salir. Me tomaron por sorpresa, eran muchos, no sé exactamente cuántos pero eran muchos. De inmediato se apoderaron de la habitación. Gemían incalculablemente. Me ataron los brazos y me postraron al suelo. Sus lenguas recorrieron mi pecho, mis piernas, mis ojos, mis manos. Me encontraba inmóvil, indefenso, y fue entonces cuando los míos se involucraron. Se dieron paso por entre mis carnes saliendo abruptamente. Tampoco pudo contarlos, también eran muchos.

              Propuestas. Este mundo es de propuestas. Existen contextos a los que no puedes pasar por alto. Finalmente hay que registrarlos. Hay otros que lo hacen. Los llaman poetas, filósofos, alquimistas de la palabra, testigos, dramaturgos, locos anacoretas que se desgajan por el peso de la mierda de otros dioses, gotean incansables creando mundos y destruyéndolos, fornicando, estriñendo, y siempre con el poder de hacerlo una vez más. Han escrito de este universo todas sus epopeyas. Bergantines, columnas, mausoleos, circos y jardines, todos ellos a su imagen y semejanza. Te repito. Son propuestas. ¿Quizá también sea la tuya?

              Abel encendió otro cigarrillo tomando la llama de la veladora. Dejó el vaso sobre la mesa… Las horas transcurrieron. Mi cuerpo ya casi no existía a causa de sus besos. Lo había agotado. Todos ellos me rodearon. Me poseyeron al mismo tiempo. Sus pieles absorbieron mis fuerzas, me doblegaron en un placer absoluto, me sumergieron en el llanto de la envidia por no poder dar la vida, la desdicha de no ser compatible a la ley de lo hecho, de lo dicho. La madrugada se extendió. Empezó a llover bajo los techos, después nos devorábamos entre nosotros.

              Recordé que lo que tuve lo perdí y que muchas veces me volví transparente cuando estallaba en las sábanas pasajeras de cualquier constelación. Creí en la luna dormida cuando el sol salía y que el polvo se asentaba a la primera llovizna. Ahora amanece…

              Abel se quedó callado, sentado sobre sus propios deseos. Me puse en pie y me dirigí hacia la salida…

              Un alto en el resquicio de la puerta… La voz de Abel… Gracias... Caín.


*El autor es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, Maestro en Literatura Mexicana por la BUAP. Actualmente doctorante en Educación. Miembro del grupo de investigación "Narrativas para la comunicación"  de la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Sus líneas de investigación son el análisis del discurso y las narrativas para la comunicación.