A 80 años del asesinato de Trotsky: un crimen ideológico, simbólico


Por Francisco Hernández Echeverría*



El cubano Leonardo Padura, autor del famoso libro El hombre que amaba a los perros (2009), recopilando información, profundizando en cada dato sobre el asesinato de León Trotsky, llegó a la siguiente conclusión: “Fue un crimen ideológico, simbólico”. Y si vamos más allá, la forma de consumarlo fue una trama como de novela jamás creada por el escritor de mayor imaginación, fue una telaraña tejida lenta y pacientemente, con precisión casi matemática, dirá por ahí un autor.

Cuando en 1936 Trotsky anuncia su empecinada intención de escribir una Stalin, éste, por supuesto estalló en cólera. Avivando mucho más el fuego de ese pleito que había desatado una cacería despiadada en 1929, cuando Trotsky perdiera definitivamente la lucha por el poder en la Unión Soviética. La maquinaria asesina stalinista se vio precisada a intensificar sus labores de una manera más definitiva.

Un año más tarde, 1937, Trotsky y su esposa arriban a México y la GPU (policía secreta soviética) comenzó a elaborar sus planes para hacer llegar el brazo de Stalin a la que sería la última residencia del viejo revolucionario. Diego Rivera y Frida Kahlo alojan a los Trotskis en la famosa Casa Azul y los integran en su círculo de amistades, generalmente formado por intelectuales, escritores y artistas. Las autoridades soviéticas repudian el asilo a un traidor que denuncia el autoritarismo de la URSS y que conspira para derrocar a la República Española (Campos, 2010: 134).

El coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe del servicio secreto mexicano, recibirá abiertamente del presidente Lázaro Cárdenas la encomienda de ocuparse directamente de la seguridad de Trotsky. Además el exiliado contaba también con el apoyo de Rivera, Kahlo, George Novack y Max Schatchman (estos dos últimos notables trotskystas norteamericanos, residentes a la sazón en México).

El asilo mexicano permitió a Trotsky hallar cierta tranquilidad para continuar su lucha contra el falaz y desviado régimen stalinista, como él lo llamaba, y acepta la opinión de sus partidarios y de pequeños grupos antistalinistas de fundar la IV Internacional (1938). No obstante, esa paz se vería enturbiada por el romance que llega a sostener con Frida Khalo “que lo obliga a debatirse entre el deber y el deseo. La colorida y caótica Ciudad de México, con su magia y locura, es el escenario donde estos amantes de Coyoacán, rendidos a la atracción que se profesan, aprovechan cada encuentro como si fuera el último” (De Cortanze, 2017). En 1939, Diego se entera de esta relación entre su huésped y su mujer, y rompe relaciones con Trotsky, viéndose obligado éste a mudarse a una casa en avenida Río Churubusco.

Allí, cuida sus conejos, colecta cactus, sale al campo, pero sabe muy bien que la muerte acecha en cada esquina, pues sus detractores no tardarán en encontrarlo: “Trotsky sabía que tarde o temprano caería bajo el odio de Stalin, pero eso no le perturbaba y seguía trabajando […] ése era el camino necesario; era la función necesaria que debía hacer Trotsky, consciente de que lo iban a matar, que lo iban a asesinar: dejar los documentos necesarios para la orientación de la vanguardia proletaria y de los futuros Estados obreros” (Posadas, 1979: 7).

De hecho, su desaparición física no fue sino la crónica de una muerte anunciada a partir de los procesos de Moscú de 1937. Lo traumático en todo caso, fue la manera de ejecutar la sentencia: la alevosía y la acción brutal con que se consumó el asesinato de Trotsky, convierten el hecho en uno de los crímenes más repulsivos de la historia, “que atraparía por igual a víctima y victimario. Lo mismo a Trotsky, destruido por la revolución que él mismo proyectara, que a Ramón Mercader del Río, llevado al asesinato por la propaganda de Stalin, unida a su propia interpretación torcida de los hechos históricos y hasta conflictos de índole emocional (Garmabella, 2011: 8-9).

En razón de los escritos que seguían publicando el “Viejo”, como le decían respetuosamente a Trotsky sus seguidores, y la constitución de la Cuarta Internacional, Stalin estaba muy irritado y buscaba la forma de acallarlo de cualquier manera. La operación para liquidar a Trotsky, “Operación Pato”, caería en las espaldas del coronel Nahum Isaákovich Eitingon —“Kótov” era su alias como agente del GPU—, un estrecho colaborador del temible Lavrenti Beria, hombre clave del sistema represivo stalinista.


Eitingon, a quien los relatos de Julián Gorkín y el coronel Leandro Sánchez Salazar siempre le mencionan simplemente como el “judío francés”, aunque sin proporcionar el nombre, viajó a Moscú para entrevistarse con Beria y Pavel Sudoplatov. Cuando supo que sería el encargado de diseñar el operativo para asesinar a Trotsky, todo bajo la anuencia de Stalin, tuvo claro que si el asunto se realizaría en México debía utilizar a colaboradores que hablaran español y conocieran el país (Ibíd.: 114).


Fue entonces cuando a Eitingon le vino a la mente la persona que le ayudaría a la perfección en la tarea de coordinar y consumar el operativo: Caridad Mercader, madre de Jaume Ramón Mercader, joven militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC, en adelante) durante la guerra civil española, y agente del Kremlin. Pero, la historia de éste hombre que ingresará a la casa de Trotsky con el piolet oculto bajo la gabardina es por sí misma trágica, por ser hijo de su tiempo y miembro de una familia que encarna las contradicciones de un siglo.

Caridad del Río Hernández había nacido en Santiago de Cuba, en 1892, cuando la isla pertenecía a la corona española, era hija de Ramón del Río, un emigrante catalán que fungía como alto cargo de la administración colonial que se había casado en Santiago con una nativa, teniendo a Caridad como hija única. La niña inicia su formación en el Colegio del Sagrado Corazón de María, famoso desde aquella época debido a la estricta enseñanza que ejercía, no obstante, lo inteligente y culta que es la joven, goza de un carácter fuerte y un espíritu rebelde que apenas consigue domesticar. Así, a los 15 años, Caridad concluye el Bachillerato en forma por demás brillante y como se estilaba en esa época dentro de la burguesía española, se casa con Pau Mercader Marina, hombre de 27 años y perteneciente a una familia que posee industrias textiles en Badalona. Él, era muy blando, tímido, y Caridad muy rebelde, enérgica y fuerte físicamente. Al pertenecer ambos a la más alta burguesía de Cataluña, el matrimonio es perfecto para el barrio barcelonés de Sant Gervasi donde se van a vivir. Y para que la dicha fuera completa, a poco comenzaron a nacer los hijos: Pau, en 1911; Jaume Ramón, el 7 de febrero de 1913; Jorge, en 1915; y Montserrat, en 1918.

Pese a toda esta delicadeza y felicidad, la desgracia se cerniría, sobre esa ordenada, tranquila y previsible vida familiar, pues cuando muere el padre de Pau en 1921, el hijo mayor, Nicolás Mercader, despoja a sus hermanos y se va a vivir a Argentina. De un día para otro, Pau, con esposa y cuatro hijos que mantener están prácticamente en la miseria. Entonces la cubana-catalana tomó la decisión de trabajar como profesora de clases particulares de matemáticas, lo que le dio oportunidad de entrar en contacto con los círculos magisteriales, intelectuales y artísticos de Barcelona, los cuales estaban muy influidos principalmente por el anarquismo. El mundo empezaba a ser para Caridad mucho más amplio que las cuatro paredes del departamento al que se habían tenido que ir a vivir.

Lógicamente, los conflictos de pareja no tardaron en aparecer y cada día se fueron agudizando, hasta que Caridad tomó la decisión de abandonar al marido y viajar, con sus cuatro hijos, a Burdeos, Francia. Donde, ya con cierto aire revolucionario, aunque muy ambiguo aún, se nutre de lecturas anárquicas y marxistas, se anima a dirigir huelgas y otras acciones temerarias que van borrando su origen burgués, al grado que su padre termina desheredandola.

Y aquí es donde entra en escena Nahum Isaákovich Eitingon, pues en 1922 conoce a Caridad, y ésta cae perdidamente enamorada del agente stalinista, al grado de procrear juntos un hijo que llamarían Luis. Eitingon completaría la formación ideológica de Caridad de una manera más congruente. Pero cuando él es llamado a la URSS para llevar a cabo misiones secretas en EEUU, nuevamente Caridad queda desprotegida sentimental y económicamente hablando. Por su cabeza pasa la idea de suicidarse, trata de reconciliarse con su esposo, pero, ya hay algo en ella que no le permite dar marcha atrás. Así que regresa a Francia y se afilia como militante de una sección del Partido Socialista, muy inclinado a la línea soviética. Su matrimonio se disuelve, pero toma el apellido Mercader, ahora es Caridad Mercader.

Con la llegada del gobierno republicano en España, Caridad marcha para Barcelona con sus hijos para unirse al Partit Comunista de Catalunya. Cuando inicia la guerra civil participa en la fundación del (PSUC), mientras sus hijos Pau, Jaume Ramón, Jorge y Montserrat forman parte de las Juventudes de la nueva agrupación.

            Participa en combate, es herida de gravedad,  y la dirigencia del PSUC, la envía a México en viaje de buena voluntad, en octubre de 1936. En la Ciudad de México habla en la Cámara de Diputados para que México apoye a detener el fascismo en España, y desfila el 20 de noviembre junto a miles de obreros, para conmemorar el aniversario de la Revolución mexicana, vistiendo el uniforme de las milicias republicanas y flanqueada por Vicente Lombardo Toledano y Fidel Velázquez, a la sazón líder del sindicato de lecheros afiliado a la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Conoce a gente que forma parte del Partido Comunista Mexicano (PCM, en adelante) como Valentín Campa y Diego Rivera.

            Caridad Mercader regresa a España y ya en Barcelona, declarará al periódico La Vanguardia:


El viaje a México fue no sólo altamente satisfactorio por los logros sino hasta emocionante. Fue en verdad algo maravilloso sentir la gran simpatía del pueblo mexicano hacia nuestra lucha. Esa misma simpatía la sentí entre los dirigentes políticos o los secretarios generales de los sindicatos. El de Educación, por ejemplo, ofreció un día de sueldo de los maestros agremiados como medio de ayuda hacia nosotros. Y no sólo eso, sino aun gente del pueblo, sin distinción de sexo o edad, nos detenía en las calles para mostrarnos su solidaridad. Fuimos objeto de paseos que nos permitieron conocer los alrededores como Xochimilco o San Ángel lo mismo que de infinidad de comidas y reuniones. Fueron en suma tantas las atenciones que llegamos a sentirnos hasta cierto punto abrumadas y sobre todo apenadas al no poder por falta de tiempo cumplir con ellas en su totalidad. Fue, ya digo, un viaje maravilloso y aleccionador que no olvidaré mientras viva  (en Garmabella, 2011: 31).


En ese mismo contexto, se movían los hijos de Caridad. Pero nos enfocaremos a Jaume Ramón Mercader, quien pasaría  a la historia como “el brazo armado de Stalin”. Desde muy joven ya había participado en manifestaciones populares y apoyando huelgas, con lo que se ganó un lugar de importancia en los círculos clandestinos hasta caer prisionero. Pero fue liberado cuando Frente Popular gana las elecciones, el 16 de febrero de 1936, formado por socialistas, anarquistas y comunistas.

            Ramón Mercader llegaría a ser encargado del Comité Organizador de la Olimpiada del Pueblo, pero al estallar la guerra civil pasó a formar parte del batallón de jóvenes comunistas que había creado el italiano Nino Nanetti. Por sus acciones en campaña fue ascendido a comandante y por lo tanto miembro de la élite del Quinto Regimiento dirigido por Enrique Líster.

Pero ese valeroso combatiente no pasaría a la posteridad precisamente por alguna hazaña de guerra, sino por algo muy distinto: por la alevosía y la acción brutal con que llevó a cabo el asesinato de León Trotsky, uno de los crímenes más repulsivos de la historia.

            Así que regresando al asunto en el que Nahum Eitingon es encargado de liquidar a Trotsky, se dirige de Moscú a Barcelona para buscar a Caridad Mercader, que colaboraba estrechamente con el servicio de inteligencia soviético. Ella era la persona que Eitingon había elegido para llevar a cabo sus siniestros “debido no sólo a la fortaleza de su carácter sino por hablar español, conocer México y en 1936 haber entablado contacto con militantes del Partido Comunista Mexicano. Era la colaboradora idónea” (Garmabella, 2011: 115).

Eitingon logra reconquistar el amor de Caridad Mercader y por ende, la convence de participar en la operación. Su reavivado amor por “Kótov” por un lado la mueve a participar, pero también, su amor a la Unión Soviética. Máxime si en esos momentos la operación es una prioridad para el camarada Iósif Stalin.

            Mientras tanto en México, el sistema de ingreso a la residencia de los Trotsky era seguro. Se tenía la orden de no abrir absolutamente a nadie. Había policías tanto afuera como adentro de la casa; los guardias estaban divididos en dos: lo guardias diurnos que estaban a cargo de norteamericanos, y los guardias nocturnos, compuestos por mexicanos organizados por Octavio Fernández Vilchis. Cualquier persona que llegaba tenía que registrarse. La parte de la entrada estaba asegurada, un foco de luz iluminaba la figura de los visitantes para facilitar su identificación; un guardia autorizaba el ingreso del visitante mediante una seña que transmitía al centinela ubicado en la torre de control, quien abría la puerta mediante un resorte eléctrico.

Eitingon ya para entonces estaba estudiando sobre México y conociendo a sus aliados comunistas en ese país, entre los que destacaba el diplomático Narciso Bassols, exministro de Hacienda de Lázaro Cárdenas y, en ese momento, embajador de Londres y Madrid. También “Kótov” ordenaría que los brigadistas mexicanos David Alfaro Siqueiros, el muralista, Antonio Pujol, Néstor Sánchez y los hermanos Luis y Rafael Arenal, quienes combatían con los republicanos españoles en distintos puntos de la península ibérica, abandonaran el frente y se concentraran en Barcelona. Por su parte, Caridad Mercader ya había reclutado antiguos y probados compañeros suyos, agentes entre los comunistas locales, entre ellos a su propio hijo Ramón. Cuando estuvieron todos los reclutados concentrados en Barcelona, fueron enviados a París. Y ahí Beria había ordenado a Sudoplatov que ayudara a Eitingon a escoger a la gente que enviarían a Coyoacán.

Caridad Mercader y Nahum Eitngon llegaron a Mésico en septiembre de 1939 para reunirse con David Alfaro Siqueiros para organizar los detalles con que se iba a llevar a cabo la “Operación Pato”.

Dentro del PCM era un secreto a voces que David Alfaro Siqueiros preparaba algo grande: un atentado armado a la casa de Trotsky. Lo cual se confirmó en la madrugada del 24 de mayo de 1940, cuando un grupo de veinticinco hombres vestidos con uniformes de policía y del ejército nacional irrumpió en la casa y ametralló la recamara en la que Trotsky y su esposa se encontraban durmiendo, fueron unos 200 balazos de metralleta “Thompson”. Y se lanzó una bomba incendiaria al cuarto de su hijo. En su declaratoria Trotsky diría:


Yo estaba completamente dormido. Me despertó el tableteo de las balas; pero como todavía tenía la mente muy nublada, lo primero que imaginé es que estaban celebrando la fiesta nacional, y que lanzaban cohetes enfrente de la casa. Pero las explosiones sonaban demasiado cerca, era obvio que estaba ocurriendo lo que siempre habíamos estado esperando. Nos estaban atacando.

Pero, ¿dónde estaban los policías apostados afuera? ¿Y los guardias de adentro? ¿Atados? ¿Secuestrados? ¿Muertos? … Los balazos no paraban. Mi esposa me dijo más tarde que me había empujado hacia el suelo. Cuando se acabó la balacera, escuchamos los gritos de Seva, nuestro nieto, en la cámara contigua: ¡Abuelo! … ¡Abuelo!

La voz de este niño y las tinieblas, entre el ruido de los balazos permanece como el recuerdo más trágico de esta noche.


Milagrosamente, a pesar del tiroteo con la custodia, nadie salió herido. En las memorias de Luis Mercader —hermano de Ramón— narra el ataque de Siqueiros de manera casi pintoresca: “El cabrón entró allí, con todo un ejército de matones, y empezó, como buen mexicano de película, a pegar de tiros en todas direcciones, como si tuviera una regadera. Y se fue sin comprobar si había matado a alguien o no. Dispararon centenares de tiros y no consiguieron nada, ni siquiera hirió a nadie […] Claro, el escándalo fue formidable. Kótov estaba desesperado” (en Campos, 2010: 134).

Tras el fracasado asalto el caso quedó, por parte del gobierno mexicano, bajo el mando de Leandro Sánchez Salazar. Hombre honesto y profesional, se entregó a la causa de la verdad. Se reunió con secretarios y custodios, quienes le informaron que el exlíder soviético estaba a salvo. Salazar verificó que los agresores no habían forzado la puerta de entrada. En el momento del atentado el encargado de la vigilancia era Robert Sheldon Harte, un custodio norteamericano que tras el asalto había desaparecido.

Sheldon Harte era un joven neoyorkino que había llegado contactado por parte del Partido Trotskysta norteamericano, con gastos pagados, para ser parte de la seguridad del revolucionario. Pero éste sería una víctima más que engrosaría la nómina de asesinados por el stalinsmo: durante la operación fue secuestrado por los asaltantes y hallado muerto días más tarde.

Entretanto, la persona que había vendido los uniformes al comando fue descubierta merced a un dato obtenido por casualidad en un bar, y gracias a su delación los pistoleros fueron cayendo uno a uno: eran maestros rurales, pintores y obreros, la mayoría militantes del Partido Comunista Mexicano.

No existía sitio seguro para Trotsky, él sabía mejor que nadie que era la presa principal de Stalin y que el fallido intento de mayo volvería a ensayarse. No resulta extraño entonces que en su refugio mexicano, el exiliado saludara cada mañana a su esposa con una frase tan conmovedora como dramática: “¡Nos han dado otro día de vida, Natasha!”.

El viejo revolucionario no se equivocaba. La maquinaria de su asesinato seguiría andando, aunque por otros canales. Sobre todo ahora que redoblaba sus ataques contra Stalin, ya en plena Segunda Guerra Mundial, no dejaba de escribir, de publicar, de tejer redes políticas antistalinistas: “Me reservo el derecho de determinar por mí mismo el momento de mi muerte […] Pero cualesquiera que fueren las circunstancias […] moriré con fe inquebrantable en el futuro comunista. Esta fe en el hombre y su futuro me da aún ahora una capacidad de resistencia como no puede darla ninguna religión” (Trotsky en Deutscher, 1975: 431).

Efectivamente, ante el fracaso del primer comando, el destino llamó a la puerta del líder revolucionario para intentar ahora acceder a su círculo más íntimo. Y Ramón Mercader distaba de ser un mero aficionado. Se trataba del fantasma de un servicio de inteligencia pacientemente preparado para asesinar al más enconado adversario de Stalin. La calculada operación incluía el enamoramiento de una colaboradora cercana de Trotsky, Sylvia Ageloff, seducida por aquel agente de la GPU, quien de esta manera tendría abiertas las puertas de la residencia de la mínima familia Trotsky. 

Efectivamente, mientras Trotsky seguía trabajando en su obra póstuma, Ramón Mercader, encubriéndose bajo identidades falsas, con el pseudónimo de “Jaques Mornard”, supuestamente hijo de un diplomático belga Trotskysta, logró enamorar a la poco agraciada Sylvia Ageloff y con imperturbabilidad logró infiltrarse en la residencia de Coyoacán en cuatro oportunidades. Ya ganada la amistad y confianza de la familia, en la última visita que les realizaría, el 20 de agosto de 1940, fue la definitiva. Logró burlar el sistema de seguridad y estar a solas con León Trotsky con el pretexto que le ayudara a corregir unos textos de carácter político. Con el piolet oculto bajo la gabardina, lo saca y le sesta un golpe que se hunde casi ocho centímetros en el cráneo, destruyendo todo a su paso. “Había sido impulsado por una fuerza enorme, certera y mortal, una fuerza sabedora de que estaba ante su única oportunidad de culminar la tarea que había comenzado a ser diseñada muchísimos años antes, pero que por diversos motivos recién ahora podía concretarse” (Glasman, 2009: 9).

El trayecto que debió completar el asesino para acercarse lo suficiente a su víctima estuvo cuidadosamente planificado, aun en sus nimios detalles, evitando sospechas, asegurando cada uno de los pasos. Y por fin se había concretado el instante en que ambos, víctima y victimario, hablaron por última vez, se vieron por última vez el rostro (Ibídem).

En medio de la fiera resistencia del viejo revolucionario. Moriría al día siguiente, el 21 de agosto. Con un golpe de piqueta, concluyó el gran drama de la Revolución rusa devorándose a sí misma. Este magnicidio fue el punto final de una historia que había comenzado casi al mismo instante en que el revolucionario asesinado comenzó a chocar con Stalin, poco menos de veinte años atrás, en las vísperas de la desaparición de Vladímir Lenin.

El 27 de agosto de 1940 su cadáver fue incinerado. Sus cenizas reposan aún en la vieja casona, hoy “Casa Trotsky”, bajo una piedra blanca custodiada por una bandera roja con la hoz y el martillo en amarillo.

Mercader fue detenido y encarcelado en México durante veinte años. Cuando es liberado en 1960 lo condecoran como Héroe de la Unión Soviética. Sus huellas se perderán desde entonces en Moscú y Praga, manteniendo siempre un silencio absoluto sobre los sucesos que lo tuvieron como dramático protagonista. Posteriormente fue huésped del gobierno de Fidel Castro en Cuba, país donde murió víctima de cáncer en 1978.


Referencias bibliográficas


DE CORTANZE, Gérard (2017): Los amantes de Coyoacán. México Planeta.

CAMPOS, Esteban (2010): Siqueiros y Blanca Luz Brum. Una pasión tormentosa. México Lectorum.

GARMABELLA, José Ramón (2011): El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el hombre que mató al líder revolucionario. México: Random House Mondadori.

GLASMAN, Gabriel (2009): El camarada incómodo. La caza de León Trotsky por el poder stalinista. México: Lectorum.

POSADAS, J. (1979): El pensamiento vivo de Trotsky. México: Costa-Amic Editor.

DEUTSCHER, Isaac (1975): Trotsky. El profeta desterrado (1929-1940). México: Era.


*El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como UnivercienciaMomentoCalmécacRevista de la Universidad del Valle de PueblaRelieves y Revista Mexicana de Vampirismo.