Nietzsche y el lenguaje: sobre la verdad, la mentira, la metáfora y la revelación/ocultamiento de la realidad


Por: Francisco Hernández Echeverría*


El 25 de agosto de 2020 se cumplieron 120 años de la muerte del famoso filósofo Friedrich Wilhelm Nietzsche y por ello mi intervención en este 4º Coloquio Narrativas organizado por el Grupo de Investigación “Narrativas para la Comunicación” de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 

                Nacido en Rocken, cerca de Leipzig, en 1844, fue hijo de un pastor protestante. Cuando solo tenía cinco años perdió a su padre y vivió, desde entonces, con su madre y su hermana sin poder jamás entablar una relación pacífica con ellas, al punto que declaró: “Confieso que la más profunda objeción contra ‘el eterno retorno’ […] Siempre ha sido mi madre y mi hermana”.

                 Nietzsche fue, desde muy joven, una mente apasionada, un joven perspicaz con grandes dotes intelectuales. A los 24 años se convirtió en profesor de lengua y literatura griegas en la Universidad Suiza de Basilea, pero su salud era precaria y, sufriendo frecuentes ataques de migraña y problemas de visión, dejó la cátedra para comenzar su peregrinaje a las ciudades de la Francia, Suiza e Italia en busca de una serenidad que nunca logró alcanzar.

               Siendo un cuarentón, se enamoró de una joven rusa de 21 años, Lou Salome, a quien el filósofo había identificado como su compañera de vida. Sin embargo, la mujer se negó a casarse con él, dejando a Nietzsche sumido en una depresión cada vez más aguda.

                 Publicó sus últimos trabajos por cuenta propia y se trasladó por un corto tiempo a Turín, donde se desencadenó una importante enfermedad mental. Un amigo lo recluyó en una clínica de enfermedades nerviosas en Suiza y pasó los últimos años de su vida con su hermana, inmerso en una locura total. Murió en Weimar en 1900, mientras su fama empezaba a crecer cada vez más sin que él pudiera, sin embargo, darse cuenta.

              El pensamiento de Friedrich Nietzsche es complejo y difícil de asimilar dentro de una construcción sistemática y orgánica; el mismo estilo a través del cual se expresa incluye el uso de tratados, aforismos y poemas en prosa.

                 En esta ocasión abordaremos, qué pasó por la cabeza de este gigante de la filosofía cuando se preguntó ¿cuál es la medida de la verdad y dónde se origina el complejo y conflictivo impulso humano por el conocimiento en un mundo incierto?

                 El hombre es un ser constantemente obsesionado con la búsqueda de la verdad para poder definir la realidad que le rodea, o sea, obtener la explicación de los hechos. Sin embargo, a pesar de tan elevada inquietud humana, Nietzsche afirma que ordinariamente desfiguramos la verdad a través de esa herramienta primordial con la que contamos: el lenguaje. Por ello, diariamente deformamos la verdad convirtiendo a ésta en un sustantivo muy utilizado y abusado.               Michel Bréal fue un filólogo judío apegado a la mitología comparada, ya que trataba de vislumbrar cómo la religión comprende fundamentos míticos en su origen. En su búsqueda, se topará con los escritos de Nietzsche, a quien criticará su método etimológico que emplea en su Zur Genealogie der Moral (Genealogía de la moral). Dicha crítica, por un lado, constituirá un síntoma de la separación que había experimentado la lingüística y la filosofía del lenguaje, y por otro, nos permite no sólo observar el desacuerdo entre Bréal y Nietzsche, sino sobretodo, colocarnos de frente a la figura de Nietzsche como filósofo del lenguaje, un tanto apegado al relativismo lingüístico de Humboldt, lo que implica tomar en cuenta ciertos aspectos específicos del tratamiento que Nietzsche confiere al tema del lenguaje:      

 Nietzsche se révèle ainsi un défenseur radical de la thése humboldtienne du relativisme linguistique. Mais dans sa critique du language c’est l’aspect négatif de cette these qui est souligné: la langue, qui devrait ouvrir à l’individu la seule voie d’accès à la réalité, finita u contraire par la lui cacher, en lui faisant croire que la vision du monde qu’elle contient est la seule posible, qu’elle est même le monde lui-même. C’est ainsi que Nietzsche détruit le mythe d’une “vérité objective” que le langage serait censé refléter, en dévoilant l’impulsion, immanente dans tout individu, à substantialiser derrière les mots un monde d’objets fixe et immuable[1] (Di Cesare, 1986: 91). 

Ahora bien, remitámonos a un ensayo que Nietzsche escribió en 1873, siendo muy joven, Über Wahrheit und Lüge im aussermoralischen Sinne (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral), en el que conforma una teoría que ya contiene la fértil semilla de su pensamiento revolucionario para enfretar el positivismo de la época, e inclusive el de hoy. Nietzsche desenmascara nuestras intenciones cuando tenemos de frente la realidad: el deseo de verdad nace de un deseo de control y seguridad, rasgos típicamente humanos que no tienen nada de universal. De hecho, es solamente una respuesta al impulso del hombre, que por necesidad y por aburrimiento, opta por vivir dentro del rebaño y en sociedad:       

 Soweit das Individuum sich gegenüber andern Individuen erhalten will, benutzt es in einem natürlichen Zustand der Dinge den Intellekt zumeist nur zur Verstellung: weil aber der Mensch zugleich aus Not und Langeweile gesellschaftlich und herdenweise existieren will, braucht er einen Friedensschluß und trachtet danach, daß wenigstens das allergrößte bellum omnium contra omnes aus seiner Welt verschwinde[2] (Nietzsche, 1954: vol. III, 310).

Aquí apreciamos precisamente el propósito por el cuál nace el lenguaje: facilitar un contrato social que una a los hombres para dotarles de un sentido cargado de consciencia tranquilizadora, como una especie de sedante que cubre la necesidad egoísta de pertenencia a algo, de pertecer a un grupo social. Por ello, a partir de la creación del lenguaje es que el concepto de “Verdad” se vuelve frágil. En efecto, Nietzsche afirma que “die Gesetzgebung der Sprache gibt auch die ersten Gesetze der Wahrheit: denn es entsteht hier zum ersten Male der Kontrast von Wahrheit und Lüge”[3] (Ibídem). Gracias a este ejercicio de separar el bien del mal y lo bueno de lo malo, la mentira y el mentiroso son considerados elementos nocivos, y consecuentemente, excluidos y estigmatizados, no tanto por lo que representan en sí, sino por las consecuencias que tienen sobre los otros, por lo dañino que resulta para el grupo.

                  En este sentido, a búsqueda ya no es por una verdad objetiva, sino por una verdad que no duela, que no lastime, que no tenga consecuencias, con el fin de mantener equilibrios pacíficos que conlleven a la serenidad. Por lo tanto, se trata de reclamar una verdad conveniente, que no sea perjudicial, compleja y difícil de aceptar. Incluso hoy en día, es muy complicado aceptar realidades que nos resultan desagradables —gente desaparecida, devastación del medio ambiente, crisis económicas, la pandemia por covid-19—, pero al mismo tiempo, preferimos creer en las mentiras de los demás, que al principio impactan o estremecen, pero después terminan anunciando soluciones viables: desde exigir cualquier demanda tomando calles y realizando pintas al patrimonio histórico, el cuidado del planeta, el combate a la pobreza o la vacuna que derrotará a los virus.

                Según Nietzsche, el hombre en verdad no busca más que la autoconservación y la preservación: “Er begehrt die angenehmen, Leben erhaltenden Folgen der Wahrheit, gegen die reine folgenlose Erkenntnis ist er gleichgültig, gegen die vielleicht schädlichen und zerstörenden Wahrheiten sogar feindlich gestimmt" [4] . (Ibídem). Por lo tanto, el lenguaje se utiliza especialmente como una herramienta provechosa para construir el mejor de todos los mundos posibles para uno mismo, donde a menudo los conceptos de verdadero y falso sean opacos, turbios, incluso inconsistentes e intercambiables. De ahí que uno de sus principales propósitos del lenguaje sea precisamente el de hacer posible la construcción de la ficción, del articio, por medio del cual logremos derrotar nuestra debilidad y revestirnos de sentido, de significado: “Nietzsche claimed that language inevitably pre-determines the thoughtexpressed in it, and that metaphysical, moral or religious systems simply re-elabora-te the hidden philosophy contained in the grammar of the language in which they are formulated”[5] (Zavatta, 2013: 268).

                    En este tenor, son interesantes estas palabras de Hannah Arendt: “The need of reason is not inspired by the quest for truth but by the quest for meaning”[6] (Arendt, 1971: 15). Esta cita es reveladora por venir de una pensadora dedicada a la comprensión de aquel individuo que es capaz de participar de la vida de la polis y de la civitas dentro de un sistema totalitario. Pues para ella, el pensamiento, que sólo se puede dar cuando nos retiramos lo suficientemente del mundo, no proporciona sentido en sí mismo, ya que este sentido solo es alcanzado en el pensamiento cuando es comunicado al mundo de las apariencias por medio de la expresión, del habla, del discurso, que es escuchado por otras personas, por el Otro. Por lo tanto, el Otro es el que da sentido, da significado a nuestro pensamiento subjetivo. Entonces, el pensamiento es fundamental no para ir en pos de la verdad, sino para buscar el significado de los hechos, el sentido de las cosas: “la función principal del pensamiento es la búsqueda de sentido o significado, de modo que su aspiración no es la consecución de la verdad (verdades, más bien), en el sentido que le da la investigación científica, sino la comprensión del significado o el otorgamiento de sentido, dicho más apropiadamente” (Comesaña Santalices y Cure de Montiel, 2006: 16). 

                     Podemos decir entonces que para la filosofía, el lenguaje es el instrumento que sirve para responder a la necesidad de dar nombre a las cosas, de darles un significado humanamente aceptable y compartido. Pero existe una profunda brecha entre lo que se percibe y se nombra de cierta manera y lo que es verdad. Las palabras son creaciones subjetivas, una serie de metáforas fruto de la mente humana, de los estímulos sensibles y emocionales que la tocan, de reflexiones personales y casuales. Así que las definiciones que ha elaborado el hombre sobre la verdad, construidas con palabras, no son más que: “Eine Summe von menschlichen Relationen, die, poetisch und rhetorisch gesteigert, übertragen, geschmückt wurden und die nach langem Gebrauch einem Volke fest, kanonisch und verbindlich dünken: die Wahrheiten sind Illusionen, von denen man vergessen hat, daß sie welche sind”[7] (Nietzsche, 1954: vol. III, 313).

                     Cabe advertir que a esta consideración del pensamiento nietzscheano respecto del lenguaje, dichas verdades no es que se les haya olvidado que son meras ilusiones dado su prolongado uso, así como así, simplemente porque se ha llegado a un consenso en ello; sino que hay que ir más allá, dado que también se trata de “formas de vida”, siguiendo al segundo Wittgenstein: “Dies ist keine Übereinstimmung der Meinungen, sondern der Lebensform”[8] (Wittgenstein, 1999: §241).

                     De este modo, las opiniones, juicios, creencias, son meros juegos lingüísticos dentro de una comunidad de certezas que operan socialmente bajo formas de vida, por lo que cada vez que un individuo aprehende un concepto, más que un ejercicio de aprendizaje intelectual ha hecho un ejercicio de adiestramiento, pero no automático e irreflexivo, sino de inserción a una forma de vida, es decir, para incorporarse en una comunidad social con la que comparte ciertas opiniones, jucios y creencias como se mencionó anteriormente.

                 El primer paso para poder desenredar la maraña lingüística y acercarnos a una concepción real del mundo es admitir el vacío esencial del lenguaje y que el conocimiento humano no es tan vasto y omnipotente. Pues como escribe Luigi Pirandello en Uno, nessuno, centomila (Uno, nadie y cien mil), “la facoltà di illuderci che la realtà d’oggi sia la sola vera, se da un canto ci sostiene, dall’altro ci precipita in un vuoto senza fine, perché la realtà d’oggi è destinata a scoprire l’illusione domani. E la vita non conclude. Non può concludere. Se domani conclude, è finita” (Pirandello, 1994: 79-80)[9].

                   Debemos comenzar por aceptar el relativismo universal y sepultar el presuntuoso sentido de superioridad de nuestra especie sobre el resto de la naturaleza, quitar al hombre del centro del universo, como si de él proviniera su irradiación. Así mismo, abandonar tanto la afirmación de nuestra propia voluntad como la del dirigente, como la única visión del mundo que debe de ser aceptada y posible, simplificando conceptos e impresiones cueste lo que cueste. 

                  Encontrar la verdadera conexión con la realidad implica ir más allá de las construcciones lingüísticas, conceptos y clasificaciones estandarizadas sobre las que hemos construido nuestras certidumbres y nuestras aparentemente sólidas y ociosas verdades. Lo que significa mantener una postura amplia y libre de lo que percibimos. Definitivamente, tal y como lo sugería Blaise Pascal, no debemos perder el contacto lógico (espíritu geométrico) e intuitivo (espíritu de fineza) para abordar la realidad, so pena de caer en una mirada unilateral, un acceso parcial al conocimiento, dado que no debemos olvidar que “le coeur a des raisons que les raison ne point” (el corazón tiene razones que la razón no entiende) (Pascal, 2014: L424, 154), cuestión un tanto similar a lo que proponía Bertrand Russel cuando decía que la racionalidad debe de marchar paralela con el ejercicio de la duda escéptica (duda racional vital); es vital que esta duda racional se alimente en los sistemas educativos, económicos, políticos y culturales que hemos construido a nuestro alrededor con el fin de poner en discusión las certezas y puntos de referencia y, desde ahí, poder transformar el mundo por la oportunidad de abrirnos a mil posibilidades y diferentes percepciones de lo que nos rodea.


  Pie de página: 

[1] Nietzsche se presenta como un radical partidario de la conocida tesis humboldtiana del relativismo lingüístico. Pero la crítica del lenguaje de Nietzsche subraya el aspecto negativo de dicha tesis: el lenguaje, que debe abrir al individuo la única vía de acceso a la realidad, sin embargo, pasa todo contrario, le oculta la realidad, haciéndole creer que aquella visión del mundo que contiene es la única posible, incluso, que es el mundo mismo. Es así como Nietzsche destruye el mito de una “realidad objetiva”, que supuestamente el lenguaje debe reflejar, desenmascarando aquel impulso inherente al ser humano de hipostasiar detrás de las palabras un mundo de objetos fijos e inmutables (Trad. nuestra).

[2] En un estado natural de las cosas el individuo, en la medida en que se quiere matener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz, y de acuerdo con éste, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes [todos contra todos]) (Trad. de Valdés y Orduña, en Nietzsche, 1996: 20).

[3]  El poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste de verdad y mentira (Ibídem).

[4] Desea las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos (Ibíd.: 21).

[5] Nietzsche considera que el lenguaje inevitablemente predetermina el pensamiento expresado en él, por lo que los sistemas metafísicos, morales o religiosos simplemente reelaboran la filosofía oculta contenida en la gramática del lenguaje en que están formulados (Trad. nuestra).

[6] La necesidad de la razón no está inspirada por la búsqueda de la verdad, sino en la búsqueda de sentido (Trad. de Ricardo Montoro Romero y Fernando Vallespin Oña, en Arendt, 1984: 26).


[7] Una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son (Trad. de Valdés y Orduña, en Nietzsche, 1996: 25)

[8] Esto no es una concordancia de opiniones sino de formas de vida (Trad. de Ulises Moulines y Alfonso García Suárez, en Wittgenstein, 1977: §241).

[9] La facultad de engañarnos a nosotros mismos de que la realidad de hoy es la única verdadera, si por un lado nos sostiene, por el otro nos precipita a un vacío sin fin, porque la realidad de hoy está destinada a descubrir la ilusión mañana. Y la vida no termina. No se puede concluir. Si termina mañana, se acabó (Trad. de José Ramón Monreal, 2010).


Referencias: 

ARENDT, Hannah (1971): The Life of the Mind. New York, EEUU: Harcourt Brace Jovanovich.

____ (1981): La vida del espíritu. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.

COMESAÑA SANTALICES, Gloria y Marianela Cure de Montiel (2006): “El pensamiento como actividad según Hannah Arendt”. Utopía y Praxis Latinoamericana (Maracaibo, Venezuela) vol. XI, núm. 35, Diciembre, pp. 11-30.

DI CESARE, Donatella (1986): “Langage, oubli, vérité dans la philosophie de Nietzsche”. Histoire Épistémologie Langage (Francia), Tomo VIII, No. 1, pp. 91-106.

NIETZSCHE, Friedrich (1996): Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, en Friedrich Nietzsche y Hans Vaihinger, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral/La voluntad de ilusión en Nietzsche, pp. 15-38. Madrid, España: Tecnos (Trad. de Luis Ml. Valdés y Teresa Orduña).

NIETZSCHE, Friedrich (2014): Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, en Nietzsche Vol. III, pp. 349-361. Madrid: Gredos.

____ (1954): Werke in drei Bänden, b. III. Munich: Carl Hanser.

PASCAL, Blaise (2014): Pensamientos. Madrid: Gredos (Trad. de Carlos R. de Dampierre).

PIRANDELLO, Luigi (2010): Uno, ninguno y cien mil. Barcelona, España: Acantilado (Trad. de José Ramón Monreal).

____ (1994): Uno, nessuno e centomila. Turín, Italia: Einaudi.

WITTGENSTEIN, Ludwig (1999): Philosophischen Untersuchungen. Frankfurt: Suhrkamp.

____ (1977): Investigaciones filosóficas. Barcelona, España: Crítica (Trad. de Ulises Moulines y Alfonso García Suárez).

ZANICHELLI, Giulia (2019): “Nietzsche e come usiamo il linguaggio per svelare o nascondere la realtà”, en Youmanist. Il valore del tempo in un mondo che cambia, Sección Cultura (Italia), 18 de Febrero. Recuperado el 24 de Marzo de 2020, desde: https://youmanist.it/categories/cultura/nietzsche-linguaggio-realta

ZAVATTA, Benedetta (2013): “Nietzsche and Linguistics”. En Heit Helmut y Lisa Heller (eds.), Handbuch Nietzsche und die Wissenschaften, pp. 265-289. Berlin: De Gruyter.


*El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como UnivercienciaMomentoCalmécacRevista de la Universidad del Valle de PueblaRelieves y Revista Mexicana de Vampirismo.