Realidad y discurso: un acercamiento desde la Historia de las mentalidades


Por: Hugo Israel López Coronel*


Al momento de hacer una historia del pensamiento de cualquier grupo social no siempre se toman en cuenta las vertientes que se desarrollan al margen de sus canales legitimados de producción, es decir, aquellas formas de pensamiento que han acompañado las prácticas cotidianas de organización de la vida social. Si bien no hay un claro consenso de cuál es el objeto de estudio de la Historia de las mentalidades, es posible encontrarlo en los puentes teóricos que se establecen entre la Historia y otras ciencias sociales. Sin embargo, el problema no termina con preguntarse cuál es su objeto de estudio, o de si el inconsciente o el psicoanálisis son válidos y transferibles a la práctica histórica, porque en realidad cualquier enfoque desde el cual se haga el análisis histórico o el uso de nuevas metodologías y ángulos resulta enriquecedor ya de por sí (Rodríguez Dobles, 2005, pág. 8). Le Goff (1978) afirma que “el nivel de la historia de las mentalidades es el de lo cotidiano y de lo automático, lo que escapa a los sujetos individuales de la historia porque es revelador del contenido impersonal de su pensamiento” (pág. 5). La Historia de las mentalidades, según Le Goff, “es a la historia de las ideas lo que la historia de la cultura material es a la historia económica” (pág. 9). Eminentemente ésta es colectiva, aunque la mentalidad parece ajena de los acontecimientos de las luchas sociales. Pero sería un grave error separarla de las estructuras y la dinámica social, ya que por el contrario, es elemento capital de las tensiones y las luchas sociales.

En un sentido más amplio, la Historia de las mentalidades abarca ámbitos de tres grandes áreas del conocimiento: la antropología, la historia cultural y la historia social. Así también, nace a partir de la crítica a una historia de las ideas y de la cultura que analizaba su objeto sin tomar en cuenta a la sociedad y a la psicología colectiva que regían en un tiempo determinado, lo cual ha servido para que la historia cultural se reformule como una historia sociocultural adherida a la historia general; de esta manera, la Historia de las mentalidades conserva un gran atractivo para el investigador: al plantear el reto y ofrecer la posibilidad de escudriñar los modos de pensar, de sentir, de imaginar y de actuar de los seres humanos, del sujeto de la historia en un amplio esfuerzo interdisciplinario.

            El objeto de la Historia de las mentalidades es la actividad mental humana en su globalidad, con el fin de comprender mejor el comportamiento y las relaciones de la sociedad y los hechos que ha protagonizado el sujeto colectivo de la historia. Hacer historia de las mentalidades es, ante todo, operar una cierta lectura de un documento, sea cual fuere, ya que todo es fuente para el historiador de las mentalidades. Por otro lado, una historiografía de las mentalidades no sería tal si desconociese la contribución paradigmática de Freud a la psicología y a las ciencias sociales. El nuevo territorio del historiador es amplio y preciso como el objeto de la psicología cognitiva, conductista y psicoanalítica: la mentalidad y la conducta humanas en todas sus dimensiones psicológicas. La concurrencia de la antropología y de la sociología en el estudio del mismo objeto resulta para la Historia de las mentalidades una fuente de información y un ejemplo metodológico con el objeto de importar temas y métodos sin resultar persuadida por la psicología.

            Las obras artísticas y literarias son documentos privilegiados de la historia del imaginario que sugestionan al historiador de las mentalidades atrayéndolo a los terrenos tradicionales de la historia cultural, participando de este modo en el ensanchamiento del campo de las mentalidades al conjunto de la superestructura de la sociedad. La historia del imaginario puede ser el centro de atención hacia el que convergen la Historia de las mentalidades, la antropología histórica y la historia cultural en cuanto al estudio de las representaciones imaginarias —imágenes, símbolos y realidades inventadas— que desplazan el interés anterior por otras funciones mentales, y dan lugar a una nueva subdivisión temática de la Historia de las mentalidades que dispersa el concepto inicial al mismo tiempo que lo amplia extraordinariamente. En este sentido, el inconsciente transindividual coloca al lenguaje como eje de la psique humana y permite realizar el análisis de sujetos históricos y comprender su mente, su imaginario, sus símbolos, su organización social, las tradiciones orales sus representaciones litúrgicas, etc., entendiendo no el mundo del lenguaje en sí, sino que “[...] busca mostrar cómo los hombres organizan la realidad en su mente y cómo la expresan en su conducta [...]” (Berenzon, 1999, pág. 87).

            Precisamente la complejidad de tener como objeto de estudio el imaginario —como las creencias y los rituales— y el inconsciente, recae en la subjetividad del objeto de estudio en sí debido a que son experiencias propias y únicas de cada individuo. Incluso, el acto de creer no es estable en cada persona, puede afirmarse que se transforma con el desarrollo progresivo del organismo y la estructura mental de cada sujeto según su edad. Igualmente, cada individuo posee su propia manera de vivir la fe. Para acercarse realmente a la mentalidad humana hay que estudiar los fenómenos que resulten comunes a la humanidad de ahora y a la del pasado, y lo que de inconsciente contienen. La visión del futuro, las premoniciones, la muerte, el nacimiento, las catástrofes, la sexualidad, los sueños, los sentidos, la superstición, los milagros, etc. El fenómeno de la mentalidad posee sus particularidades y las concepciones para analizarlo dependen en última instancia del tipo de interrogantes que se plantea el investigador. Los hechos históricos no le permiten al historiador de las mentalidades ser muy estricto en la elaboración de su aparato conceptual, por esa razón debe actuar como un utilitario, en esos momentos en que la mentalidad queda expuesta y develada ante sus ojos.

            Resulta muy adecuado hacer una demarcación de los campos de estudio de la Historia de mentalidades y de la Historia cultural. Se debe separar el imaginario colectivo (Historia cultural) del inconsciente colectivo (Historia de mentalidades). Pese a que la Historia de mentalidades recorre los espacios de lo imaginario, —como por ejemplo las representaciones culturales— ya que constituye un nivel de análisis de su particular abordaje histórico, siguiendo el camino que conduce al inconsciente colectivo, deben visualizarse primero los ámbitos materialistas de la realidad concreta y luego el de las representaciones culturales o lo imaginario para acceder hasta la mentalidad. En este sentido, lo imaginario corresponde meramente a la cultura, por eso la Historia cultural debe ser la historia de las cosmovisiones, de las percepciones humanas en el tiempo, de las representaciones de la realidad, o la visión del mundo si se quiere; todo estos parajes infinitos son los que debe recorrer el investigador de las mentalidades, y debe tener en claro que no es el inconsciente colectivo sino el imaginario colectivo lo que se encuentra cultural y socialmente condicionado, lo que le posibilita al historiador de la mentalidad conocer “la apariencia” con la cual se encuentra revestido el inconsciente colectivo en cada momento de la historia. Carlos Barros (1999) define lo imaginario como “[...] El conjunto de las representaciones mentales —ante todo reproducciones gráficas, imágenes— por medio de las cuales los hombres reconstruyen un mundo interior distanciado de la realidad material, que deviene así en realidad inventada [...]” (págs. 47-69).

            La Historia de las mentalidades tiene sus fuentes privilegiadas que introducen a la psicología colectiva de las sociedades. Su inventario es una de las primeras labores del historiador de las mentalidades. Están primero los documentos que atestiguan estos sentimientos, estos comportamientos paroxísticos o marginales que, por su separación, aclaran la mentalidad común. Otra categoría de fuentes privilegiadas para la Historia de las mentalidades la constituyen los documentos literarios y artísticos. Historia, no de los fenómenos “objetivos”, sino de la representación de estos fenómenos, la Historia de las mentalidades se alimenta naturalmente de los documentos de lo imaginario. Pero la literatura, y el arte en general, conciben formas y temas venidos de un pasado que no es forzosamente el de la conciencia colectiva. Los excesos de los historiadores tradicionales de las ideas y de las formas que se engendran por una especie de generación espontánea que ignora el contexto no literario o no artístico de su aparición, y que no tienen que disimularnos que las obras literarias y artísticas obedecen a códigos más o menos independientes de su medio ambiente temporal. Es importante no separar el análisis de las mentalidades del estudio de sus lugares y medios de producción. El gran precursor en estas materias, Lucien Febvre, dio el ejemplo de inventarios de lo que él llamaba el utillaje mental: vocabulario, sintaxis, lugares comunes, concepciones del espacio y el tiempo, cuadros lógicos (Le Golff, 1978, pág. 10). La Historia de las mentalidades no puede hacerse sin estar estrechamente ligada a la historia de los sistemas culturales, sistemas de creencias, de valores, de equipamiento intelectual en el seno de las cuales se elaboran, han vivido y evolucionado.

            Finalmente, es importante establecer que el término mentalidad puede entenderse, según Zubiri, “desde la sociología del pensamiento o desde la filosofía de la inteligencia, dando origen a dos significados distintos”. El primero tiene lugar cuando hablamos de alguna mentalidad en particular —semita, griega, medieval, moderna, burguesa o proletaria, etc. El segundo sucede cuando hablamos de mentalidad científica, matemática, filosófica, teológica, poética, etc. La mentalidad es, pues, la experiencia básica de una época, que pone en marcha las mentes filosofantes, aunque no necesariamente coincidan los conceptos de mente y mentalidad. En conclusión, la mente de cada una de las personas que piensan se nutre de la experiencia básica o mentalidad común, aunque las mentes particulares no tienen que estar necesariamente plegadas o constreñidas a una determinada mentalidad colectiva.


Referencias bibliográficas:

Barros, Carlos: Historia de las mentalidades, historia social: Ediciones Universidad. Salamanca, 1993.

Berenzon, B.: Historia es inconsciente: Historiografía y Psicoanálisis: El colegio de San Luis. San Luis Potosí, México, 1999.

Le Goff, J.: Las mentalidades, una historia ambigua. Hacer la Historia III: Editorial LAIA, Barcelona, 1978.

Rodríguez Dobles, Esteban: Discordias teóricas de la historia de mentalidades colectivas. Discusiones, aportes, conceptos y problemas: Escuela de Historia, Universidad de Costa Rica, 2005.


*El autor es licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica y maestro en Literatura Mexicana por la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP; es miembro fundador del grupo académico Óclesis, Víctimas del artificio (2004); actualmente coordinador editorial en el mismo. Es profesor en materias en el área de lenguaje en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la BUAP así como de otras casas de estudio. Ha colaborado en medios impresos y digitales a nivel nacional; es titular de los programas de radio en formato de internet: Óclesis Radio, el Artificio en la Radio y la Casa está sola. Ha sido antologado en “Poesía Urgente” (2010) por la editorial La Mancha: Caracas, Venezuela y en “Dramaturgia Universitaria” (2010) por la BUAP. Cortina en el espacio (2014) en la editorial Sikore, antología de cuentos, es su más reciente publicación.