Albedrío desmedido


21 Apr
21Apr

Por: Román E. Ocotitla Huerta



Actualmente no podemos visualizar nuestra vida cotidiana sin una pizca de información. Se vuelve un hábito revisar el dispositivo móvil para revisar ciertos contenidos en nuestros espacios digitales, y obtener algo que satisfaga cierta necesidad de ocio o certidumbre sobre nuestro entorno. Entiéndase este acto y muchos otros como privilegios que sólo algunos gozan por motivos socioeconómicos. La explicación sale sobrando en esta ocasión.

Nuestra necesidad por contenidos audiovisuales es tal, que existen categorías específicas y estructuradas para ciertos públicos. Esto ha dado paso a que miles de personas en todo el mundo generen sus propios ingresos a partir de estrategias y normas creadas para los espacios digitales. Para lograr obtener una cantidad de dinero por el contenido que se crea, se deben cumplir requisitos que los generadores de contenido buscan sin pensarlo dos veces. ¿Quién no quiere ganar dinero viajando, probando alimentos, jugando videojuegos o hablando sobre lo que más le apetece?

Lo anterior, nos conduce a la condición intrínseca de lo público: estás sujeto a cuestionamientos ético-morales y al seguimiento -para bien o mal- de las personas hacia tu persona o lo que representas. La responsabilidad de las enunciaciones es tal, que una simple frase sigue generando movilizaciones sociales y también digitales ¿No se supone que dejamos atrás la verticalidad de la comunicación con la libertad que nos ofrecen las redes sociales en la actualidad?

El problema que busco exponer, radica en la “cara opuesta” de estos contenidos. Tenemos conocimiento y acceso a sinfín de videos e imágenes prácticamente sin ninguna restricción porque, de alguna forma u otra, estamos pagando por su disposición -nótese lo absurdo de la idea-. A esto, agréguese la privatización - ¿se pueden privatizar más las cosas? -de marcas que poseen ciertos productos audiovisuales para el ocio y entretenimiento). 

La “cara opuesta” a la que refiero, es una que traspasa la barrera de la libertad y la moral; una cara que nos conduce sin filtros a la decadencia y descomposición social. ¿En qué momento se volvió tan fácil encontrar videos de asesinatos en Facebook? ¿En qué momento se normalizó la visualización de la violencia de género e infantil en espacios de supuesta convivencia virtual? ¿En qué momento nos convertimos en portavoces y expertos sobre ciertos temas, por el simple hecho de tener una personalidad que atrae a los demás?

Por lo anterior dicho y por muchas cosas más, quizás estamos listos para pasar al siguiente nivel de apatía social y de consumo desenfrenado; quizás este tipo de contenido sólo hacen más evidente nuestra enfermiza demanda por observar, comentar e invitar a nuestros semejantes a ser partícipes de la libertad que alardeamos ejercer como humanidad.



*El autor es egresado de Comunicación por la Facultad de Ciencias de la Comunicación BUAP.  Es fundador y coordinador general del proyecto editorial y cultural Eloquium, editor en Óclesis, víctimas del artificio, colaborador en el Grupo de Investigación Narrativas para la Comunicación y colaborador en el círculo de lectura Yishé. Ha sido ponente en congresos y coloquios con temas relacionados con el arte, la cultura y la sociedad; asimismo, ha publicado ensayos en revistas indexadas. Fue becario del programa "Haciendo Ciencia en la BUAP" en las ediciones 2017 y 2018 en el área de Lingüísitca y Comunicación (teoría de la recepción).