Discursos: historias, leyendas, mitos y creencias


12 Mar
12Mar

Por: Noé Cano Vargas*


El logos, concepto filosófico en el que todo estamos envueltos, evoca mil cosas y decires, o más bien, evocamos, ya sea a través de expresiones pensadas y vueltas conceptos en nuestro cerebro y que mediante la lengua,  -que permite articular esos mismos pensamientos-, les da salida mediante la palabra. A fin de cuentas, se trata de un discurso que permite expulsar ese cúmulo de emociones y sentimientos evocados por el sujeto en un intento de cambiar su realidad.

¿Cuál es el objeto de abrir la boca? ¿Acaso no es ese intento mencionado que nos puede abrir las puertas del cielo o el paraíso según nuestras creencias? O en ámbitos más terrenales, esa expresión lingüística puede liberar la sonrisa de la amada como punto de partida a otras posibilidades; nuestra labia tal vez vinculado a nuestras habilidades conceptuales, procedimentales y actitudinales, evoquen en el pequeño burgués que nos contrató, el pensamiento de un aumento de sueldo. Esos son ejemplos del uso de la palabra, pero sólo como posibilidad, siempre y cuando se logre una articulación de sonidos. De ser así, tal vez se logre la absolución o, en caso contrario, si no se da ese proceso, las posibilidades son nulas; entonces estaremos condenados a la nulidad en el más recóndito abismo del silencio.

El discurso nos lleva a hablar, a decir, a contar, sobre las posibilidades que pueden ser infinitas: debates, polémicas, tramas, drama, encuentros, desencuentros, mismo que no depende de nadie más que del sujeto que lo emite. Antes de eso, sólo es una idea, existe como resultado de nuestra ocupación intelectual y sólo cuando es pensado. Si no se le da continuidad dejará de ser, queda en el olvido. La vida del hombre no se forja por las ideas pensadas, por muy especiales que sean: se forja mediante las ideas puestas en práctica, es decir, las ideas que convertimos en nuestro mundo, aquellas que le ponemos objetivos y metas a alcanzar, es cuando las convertimos en creencias; aquellas cosas que ya forman parte de nuestra vida cotidiana, estamos en ellas. A ese discurso me refiero: el discurso interpersonal que llevándolo a la acción en vinculación con otro sujeto o sujetos se le denomina 'historia'.

Esas historias que somos, son nuestra realidad. Esas mismas están plagadas de creencias, son ideas que somos, como menciona Gasset: son nuestro ser, y con estas nos proyectamos en nuestro contexto próximo. No hay ser humano que no proyecte sus creencias en la vida cotidiana. Con el atuendo de una persona se puede percibir un poco de lo que es, de sus creencias y su historia; la cadena con la cruz en el cuello del creyente, es solo un ejemplo de ello, pero no siempre sucede así. Hay quien oculta su esencia a la luz del día, pero en la noche proyecta su discurso real tras bambalinas. Aún así, sus acciones tarde o temprano delatarán esas creencias y forjarán esa historia. Curioso que podemos escapar de otras personas, pero no de nosotros mismo, de nuestro propio discurso. Tal vez se pueda engañar a otro pero, ¿cuánto puede durar el engaño? ¿Cuánto se puede encubrir la historia de nuestra vida? 

El lenguaje lo es todo, dice Saussure; es el medio que tenemos para comunicarnos, pero también para ficcionarnos, o como comenta Roland Barthes en verdad y método: el lenguaje se aparece como instrumento de la ficción, el hombre se describe, se cuenta, se hace leyenda, le incorpora ficción a su discurso. “Finalmente la ficción parece ser el procedimiento mismo del espíritu humano”; el hombre se reinventa, se hace poesía. Con el tiempo si esa historia sigue vigente, la leyenda se mitifica, cada vez más ficción cada encubierta en realidad. A final de cuentas, queda sólo el discurso y más discurso.

Entonces, he aquí un historiador contando discursos: historias, leyendas, mitos, creencias, vivencias cotidianas;  tal vez mías, tal vez ajenas, “…de aquí y de allá, de todo el mundo” como dice Bunbury. Pero de manera más crítica y romántica, retomemos la idea de Gasset: al final no podemos evadir nuestro destino, nuestro hacer, “todos somos protagonistas de nuestra propia novela, ya sea original o plagiaria". Entonces, sólo nos queda decidir, hacer discursos y cambiar la realidad o mantener la boca cerrada y consumir los discursos de otros. Entonces saldría a colación la paradoja de Óclesis “Somos lo que pensamos que somos, víctimas de nuestro propio artificio”.


*El autor es egresado de la Licenciatura en Historia y Maestría en Historia por la BUAP. Es miembro activo de Óclesis, víctimas del artificio. Trabajó como docente investigador en la UVP donde ha sido ponente en congresos con temas relacionados con historia, gastronomía y turismo. Ha publicado artículos y ensayos en revistas como Calmecac y Re-incidente. Actualmente es docente y Tutor Escolar a nivel Medio Superior, así como Docente a Nivel Superior en el Instituto de Educación Digital del Estado de Puebla [IEDEP] Plantel Guadalupe Victoria.