¿Globalización dinamitada o dinamizada?


20 Apr
20Apr

Por:  Paco Echeverría*


Ante la pandemia de Covid-19, uno de sus subproductos ha sido la reproducción de una serie de obituarios para la globalización: “el Covid-19 reacciona violentamente contra la globalización”, “La propagación del virus podría acelerar procesos que pongan fin a la globalización”, “¿Acabará el Covid-19 con la globalización tal como la conocemos?”, etc.

                Para algunos analistas esto no es posible, ya que si se considera la definición de globalización del sociólogo inglés Anthony Giddens como “la intensificación en todo el mundo de las relaciones sociales mediante las cuales se vinculan localidades distantes”, el fenómeno global no sólo se limita a las cadenas de suministro intercontinentales y grandes buques portacontenedores. Por lo tanto, estos avisos de muerte prematura de la globalización únicamente se están centrando en una de sus dimensiones y dentro de un estrecho marco temporal: el espectacular crecimiento e integración de los mercados mundiales desde la década de 1980, saltándose por completo los componentes sociales, políticos, culturales, comunicacionales, biológicos, tecnológicos y de poder.

                Entonces, el derrumbe de la globalización, desde esta perspectiva, carece de viabilidad; más bien, el desafío es cómo lograr mantener una sensata visión estratégica global ante un poder que está cambiando de cara, gestionar la interconexión e interdependencia entre las regiones del mundo y la posibilidad de seguir accediendo a los mercados pese a los cambios que se presentan en el equilibrio de poder mundial. Además es imposible borrar de un plumazo el flujo y reflujo que ha experimentado la globalización a lo largo de 150 años.

                En efecto, durante la segunda mitad del siglo XIX el colonialismo y el imperialismo abrieron nuevas vías para el comercio y la inversión. Pero bajo su renovado ímpetu de expansión mercantil inevitablemente también se abrieron nuevas rutas que dieron paso de la higiene a la salud pública, medidas de sanidad que disciplinas como las matemáticas, la estadística, la química y la filosofía convocaron discutir en congresos internacionales. Como en ese momento el liberalismo aún conservaba sus fundamentales principios de ejercicio libre y público de la razón y estados nacionales centralizados, las autoridades nacionales de salud pública se unieron para hacer frente a enfermedades propagadas por el dinamismo del comercio; por ejemplo, las epidemias de cólera, viruela, fiebre amarilla y gripe que experimentó Madrid en las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX, o la peste bubónica que azotó periódicamente las ciudades portuarias durante las dos décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial.

                Es bien sabido que durante la Gran Guerra el ascendente mercado global quedó abruptamente frenado, por lo que las consecuencias económicas y políticas posteriores a la firma de la paz derivaron en la Gran Depresión. Sin embargo, la historiadora Emily Rosenberg ha expuesto que a pesar de lo complicado y trágico de este periodo, se aceleró la extensión de las redes transnacionales en ciencia, salud, entretenimiento y otras áreas específicas. Así mismo, pese al creciente nativismo y el discurso xenófobo que cerró de golpe “la Puerta Dorada” de los EEUU en la década de 1920, en los años de entreguerras surgieron ricas organizaciones no gubernamentales como las fundaciones Rockefeller, Carnegie y Ford, que aún promocionan la internacionalización de la educación superior e intercambios culturales.

                Otra cosa más, a pesar de que la Sociedad de las Naciones, creada por el Tratado de Versalles en 1919, no pudo evitar el estallido de la Segunda Guerra Mundial, instituyó conferencias internacionales que apelaban por el desarme, la lucha contra el tráfico sexual y los narcóticos, además de impulsar la Organización Internacional del Trabajo. Asuntos que fueron retomados por la Organización de las Naciones Unidas después de la guerra.

                Con base en estos infaustos vaivenes históricos anteriormente mencionados, el proceso de globalización no se frenó y persistió, formando redes y vínculos económicos, políticos, sociales y culturales que en ocasiones se extendieron hasta en tiempos de extrema crisis, como fue el caso de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en los EEUU o, la Gran Recesión de 2007-2009. De hecho, en 2004, el turismo internacional había alcanzado niveles récord, la conectividad a Internet continuó aumentando, la OTAN y la Unión Europea se extendieron, y aumentó fuertemente el comercio internacional y la inversión. A diferencia de la Gran Depresión, la Gran Recesión no provocó la caída de los niveles de comercio e inversión mundiales; en todo caso, exigió a los gobernantes de los países a darse cuenta de que la interdependencia exigía una mayor coordinación global.

                Ahora bien, si la repentina y masiva invasión del Covid-19 afectó las cadenas de suministro, el comercio internacional y todas las formas de traslado, en realidad las cadenas de suministro y negocios ya estaban cambiando y volviéndose más cortas y más regionales desde antes que se propagara el virus. Además, la evolución de la economía global ha hecho que el movimiento de los servicios sea relativamente más significativo que el de los bienes. Las empresas se han vuelto más multinacionales y la innovación más global por la generalizada conectividad y la oleada en cascada de información digital, lo que acelera el flujo de ideas y enlaces virtuales tanto en individuos como en instituciones o naciones. Eso es algo que no se puede poner en cuarentena, al contrario, se tiene que aprovechar aún más ante tan repentina disrupción.

Esta es la razón por la que la globalización necesita urgentemente ser gestionada, administrada, hacia un nuevo rumbo.

Desafortunadamente, la respuesta que EEUU tuvo ante el Covid-19 demostró más debilidades que fortalezas en la toma de decisiones de su presidente Donald Trump. Sobre todo, porque éste ha estado negando la urgencia del cambio climático y considerando que la destreza tecnocrática se ha aprovechado para crear un Deep State (Estado Profundo) que resiste secretamente la operación de sus políticas. Además de que para Trump las Naciones Unidas o la Organización Mundial del Comercio no son más que organizaciones multilaterales transgresoras de la soberanía de los EEUU.

 Por lo tanto, el nativismo, la xenofobia y el ataque a la burocracia gubernamental y a las instituciones globales son los elementos básicos de la política estadounidense, y Donald Trump no ha sabido aprovechar la influencia de los EEUU para promover la distribución de las cargas e impactos ambientales entre los países. Una mala actitud que en una era de creciente rivalidad entre las grandes potencias coloca la influencia y el poder (no militar) de los EEUU en muy malas condiciones. Sobre todo cuando una China autoritaria se encuentra dando muestras de trabajo duro en remodelar la tecnología, la geopolítica y el orden global con la finalidad de promover sus intereses. De ahí, la firme decisión del Dragón Rojo de contener el Covid-19, lo que le ha hehco ganar algunos nuevos admiradores. Pero los admiradores del modelo chino no debían cantar victoria y engañarse a sí mismos: el liderazgo del Partido Comunista Chino que enderezó su política económica hacia un capitalismo sui generis no le temblaría la mano en manipular el orden internacional liberal a su favor balcanizando el Internet, subyugando la transparencia y siendo una amenaza para los derechos humanos.

Por ello, muchos ven la respuesta correcta a esta realidad en que EEUU refuerce sus alianzas, vigorice las instituciones multilaterales que ha creado para promover valores compartidos y tomar la iniciativa para enfrentar los desafíos globales. Sobre todo, en este momento en que el exagerado esfuerzo de décadas por maximizar los beneficios de la globalización y minimizar sus costos ha resultado un espejismo. Así que el esfuerzo del Gigante Rojo por llenar ese vacío no arrojará resultados al gusto de EEUU, ni mucho menos al de nosotros en México. De hecho, lo decía el escritor uruguayo Raúl Zibechi, sería el fin de la globalización tal como la conocemos.

Más allá de defender el sistema global, que si bien es fundamentalmente indiferente en valores, es una vía de igualdad de oportunidades de alcanzar un desarrollo verdaderamente mundial, pero no ha avanzado de manera uniforme como lo suponía Peter Drucker cuando decía que los países desarrollados tenían la obligación de sacar a flote a los no desarrollados. El egoísmo e individualismo metodológico les ganó.

Sin embargo, como se trata de un proceso inevitable e irreversible, urge la necesidad de construir conexiones más cercanas porque el planeta es pequeño y su ecosistema se encuentra asediado. No hay más que transformar globalmente en acción todos los sectores productivos.


*El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como UnivercienciaMomentoCalmécacRevista de la Universidad del Valle de PueblaRelievesRevista Mexicana de Vampirismo.