Globalización y democracia en los terrenos del COVID-19


26 Mar
26Mar

Por: Paco Echeverría*


Con la emergencia del COVID-19 en la escena mundial, el modelo de economía capitalista-liberal ha sido sacudido, tambaleando los mercados bursátiles, desplomando las bolsas en todo el mundo o deteniendo temporalmente a la misma Bolsa de Nueva York. El COVID-19 parece estar probando si una economía globalmente interconectada se mantendrá unida o se abatirá.

Al tratarse de un hecho definitivamente transformador, algunos especialistas de corte social consideran que ha llegado el fin de la globalización, y otro sector, más apoyado sobre la arquitectura organizativa y postulados del capitalismo planetario piensan que después de la emergencia global por el COVID-19 la globalización va a cambiar, pero no a revertirse.

Lo que sí es cierto es que miles de negocios que dependían de los insumos llegados de China han frenado abruptamente en la temporada en que obtienen grandes beneficios económicos por las altas ventas que reportan, y que en la mayoría de los casos son las mejores que tienen durante todo el año.

Ante este panorama, los nacionalistas europeos y estadounidense ven la oportunidad de sellar las fronteras, frenar la inmigración y trasladar la producción a la casa. Pero los expertos en negocios afirman que estas medidas perjudicarían a las naciones, además de que a pesar de que los patrones de comercio tomaran forma local no perderían su aspecto global, la comercialización seguirá y las ganancias no disminuirán ya que no se prevé el retiro del comercio mayorista de la red global. Mary Lovely, miembro senior del Peterson Institute for International Economics, Washington D.C., sostiene que en la medida en que esta crisis parece afectar al fenómeno global, más bien es un empujón hacia una necesaria globalización diferente, más diversificada, por lo que no se debe confundir con una desglobalización. Rolf Zimmer, un especialista en cadena de suministro en Alemania, asevera que sus clientes buscan hacer que sus redes de abastecimiento sean más resistentes, no más aisladas.

Esta posición del sector empresarial no es casual, puesto que desde la crisis del 2008 la globalización ha sido muy atacada en los ámbitos de la opinión pública, las políticas públicas e incluso por la economía.  Entonces los grandes capitales prefieren ver la pandemia como una “enseñanza” que fortifique la cooperación multilateral, como lo ha dicho Richard Baldwin, economista internacional del Graduate Institute in de Ginebra, que como un agotamiento del modelo. Según las corporaciones, el error de los fabricantes radica en que puede tener múltiples proveedores, pero cuando esos proveedores confían en una sola fuente para un material clave (China por ejemplo) eso es desastroso, así que se requiere virar hacia proveedores alternativos, lo que implica una remodelación más amplia de la economía global.

Así mismo, retomando que la globalización ha sido muy cuestionada por los dramáticos efectos sociales y culturales que ha generado, y que ya comenzaba a reflejar agitaciones sociopolíticas globales, los mercados mundiales con esa intención de repensar su logística para de enfrentar la expansión del COVID-19, parece ser que quieren aprovechar el momento para “limpiar” su imagen acelerando la ola de tecnología digital y telemigración doméstica que altere de manera determinante la generación de empleo en el mundo entero, una vuelta de tuerca a la flexibilización laboral con el fin de: 1) abatir la emisión de gases de efecto invernadero al acortarse las distancias de transporte de carga y traslado de empleados; 2) aumentar la automatización reduce los costos de producción; 3) la inseguridad que se ha convertido en un cáncer social podría abatirse al trasladar importante producción a casa; 4) los acosos y hostigamientos laborales que se han vuelto un asunto desgastante para las instituciones también se reducirían al aislar al personal al ámbito de su hogar para que desde ahí trabaje; 5) el teletrabajo doméstico no hace huelgas y 6) es más fácil personalizar los productos y responder a las preferencias cambiantes de los consumidores cuando las fábricas están cerca de los compradores.

En pocas palabras, una radicalización del individualismo metodológico muy ad hoc con el estilo de vida que se ha impuesto a las generaciones más jóvenes, pero que en el fondo favorece a las compañías replantear sus huellas globales para evitar que las naciones tengan “todos los huevos en una canasta”. Por lo tanto, el problema para el gran capital no sería la pandemia como tal, sino la falta de diversificación de la cadena de suministro y la falta de comercio regional, es decir, comerciar más entre nosotros pero sin abandonar las virtudes del comercio global.

Finalmente, no hay que olvidar que esta crisis de salud pública trastocará las libertades personales sustentadas por la democracia, poniendo en tensión lo que se ha creído alcanzado hasta ahora, además, de que cabe preguntarse: ¿estamos preparados para el teletrabajo?, ¿realmente deseamos esa forma de despacho doméstico? Todo depende de la correlación de fuerzas del mundo corporativo con los estados, qué se va negociar a nivel mundial por debajo de la mesa post-COVID-19. Pero de que vienen transformaciones profundas en la forma que hasta este momento concebíamos nuestro entorno, es definitivo.


*El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como UnivercienciaMomentoCalmécacRevista de la Universidad del Valle de PueblaRelievesRevista Mexicana de Vampirismo.