Ozonoterapia


04 May
04May

Por: Abdiel Degollado*


Hace algún tiempo escuché a un orador decir que las probabilidades de estar muerto eran muchas más que las de estar vivo. Si lo pensamos un poco, puede que tenga razón. Las millones de circunstancias que se debieron dar y que se deben seguir dando para que tú y yo estemos aquí, pueden verse, ciertamente, como un milagro. Y no pretendo entrar a la discusión de si son o no un milagro, solo quiero dejarme maravillar por el fino equilibrio que hay entre todas las cosas que nos mantienen aquí.

Una de esas cosas es, por supuesto, la capa de ozono. Una capa de gas que está a unos 25 kilómetros de altura (en promedio) y que nos protege de no morir a causa de las radiaciones ultravioleta provenientes del sol. Dichas radiaciones podrían, literalmente, achicharrarnos si no fuesen absorbidas por los tres átomos de oxígenos que juntos forman una molécula de ozono, y que por millones se amontonan apenas un poquitito arriba de la tropósfera. Pero no solo eso, estas moléculas además de detener los dañinos rayos ultravioleta, permiten el paso de otras longitudes de onda que son necesarias para la vida, de hecho, son esas longitudes de onda las que las plantas y algunas bacterias transforman, a partir de un proceso llamado fotosíntesis, en energía bioquímica. ¡Otra maravilla! En otras palabras, la capa de ozono permite la vida en este planeta fungiendo como un escudo selectivo que por un lado nos protege y por otro lado permite el paso de la fuente vital.

Romántico, ¿no? Bien, pues durante años y sin saberlo la humanidad se dedicó a lanzar gases a la atmósfera que justamente destruían la valiosísima capa de ozono. Gases que usábamos felizmente para refrigerar, o para producir espumas, o para causar la típica salida a presión de un aerosol. Así, como solo los humanos lo sabemos hacer, nos pusimos en riesgo a nosotros mismos. Y lo hicimos hasta que poco a poco se fueron prohibiendo en todo el mundo esos maléficos gases. La prohibición llegó gracias al magnifico Mario Molina, científico mexicano que ganó un premio Nobel justo por describir la reacción química de los gases llamados CFC destruyendo a las moléculas de ozono. He de decir que una sola molécula de CFC es capaz de destruir unas 10,000 moléculas de ozono, o quizá muchas más.

La excelente noticia de las últimas semanas es que, después de años de prohibiciones en el uso de gases que dañan la capa de ozono, al fin miramos como ésta se va recuperando hasta casi lograr desaparecer los famosos agujeros de la capa de ozono. Me gusta decir que es un triunfo de toda la humanidad, aunque ciertamente el 99% de la humanidad ni enterada está del suceso, tampoco tiene idea de cómo ayudó para que esto sucediera. También me gusta pensar que es una prueba de que podemos salvarnos a nosotros mismos, con un mucho de ciencia, apoyo de nuestros queridos políticos y una sociedad que elige mejores opciones. Y mientras caminando en esa dirección, alegrémonos por este triunfo alcanzado, porque lo cierto es que nos falta un titipuchal por lograr.