Plasticidad y repetición en el ejercicio poético


10 Mar
10Mar

Por: Paco Echeverría*


La anticonvencionalidad y contradicción que caracteriza la obra de Friedrich Nietzsche es una prueba de su apasionado temperamento estético y poético, que sabe sacar del idioma —alemán en su caso— un predominio insuperable de gran fuerza expresiva y belleza plástica, lo cual conformará la reputación del poeta y el filósofo como entidad única, capaz de contar con la capacidad de responder al descubrimiento de posibilidades orientadas hacia el futuro y al mantenimiento de la capacidad de responder al desafío de la racionalización sistemática, no solo en la forma sino también en el contenido.

Con base en lo anterior, cuando confeccionamos un poema se encuentran inmersos tanto la profundidad cultural que hemos alcanzado como la sensibilidad mimética que hemos experimentado. Pues el hombre es el más mimético de las criaturas, y en la infancia aprende imitando a las personas, los hechos y los acontecimientos que lo rodean. Sin embargo, considero que tenemos que ir más allá de la imitación perfecta a través de la fragmentación, la cual, al derivar de la deconstrucción, es un acto liberador, una rabiosa oleada de energía, que desafía el sobresalto que produce trabajar el poema sin ataduras, porque estamos fluyendo con él. La fragmentación nos permite que la escritura sea múltiple, dejando a un lado la comodidad de sentirse anclado para entregarse al juego de la plasticidad como método de conducción en el ejercicio de creación poética, que lo destruye y después reconstruye completamente en algo nuevo, forjando caminos hacia el poema y dando paso a próximos poemas. Es esta doble experiencia de deconstrucción lo que Nietzsche invoca en La genealogía de la moral, cuando escribe: “Para precisar este grado y, sobre su base, el límite donde lo pasado tiene que ser olvidado para evitar que se convierta en sepulturero de lo presente, habría que saber con exactitud el grado de fuerza plástica de un hombre, de un pueblo, de una cultura, quiero decir de esa fuerza de desarrollarse específicamente de la propia esencia, de transformar y asimilar lo pasado y lo extraño en el cual el pasado debe ser olvidado para que no se convierta en el sepulturero, de cicatrizar heridas, reponer lo perdido, regenerar formas destruidas” (Nietzsche, 1997: 105)”.

Así que cuando comencé a escribir poesía, mi propia curiosidad de saber a dónde va el lenguaje después de la fragmentación me hizo acercarme a la historia y teoría del símbolo, y cómo aplicar dicha teoría a la producción de textos. Lo que significaba principalmente, en términos de mi propia escritura, hacer poesía; pero sintiendo al mismo tiempo que este tipo de ejercicio podía y debía cambiar la forma en que vemos la misma poesía y su creación, lo que lleva también a dirigir la mirada a que una comprensión plástica de escribir poesía cambia el significado de autoría de manera drástica, radical y antiautoritaria.

Entonces, tomando el concepto de plasticidad de Nietzsche y colocándolo en el corazón de la filosofía de lo simbólico, aparece una palabra clave: “recrear”. En mi propio trabajo poético, encuentro que el lenguaje siempre me está cambiando tanto como yo lo cambio, que me está recreando a medida que lo rehago y lo reformulo. Es una mezcla de sentimiento con filosofía, es el poeta-filósofo bajo el paradigma plástico de Nietzsche, que es en sí mismo un acto de recreación. Siempre está haciendo algo de algo, no algo de la nada.

Los neurocientíficos han fusionado las humanidades y las ciencias y han encontrado el gran poder plástico del cerebro, la neuroplasticidad, la idea de que nuestro cerebro nunca deja de cambiar, que está mucho más abierto a ser conmovido, incluso en la vejez, de lo que alguna vez creímos. Así que si nuestros cerebros tienen este poder plástico, entonces nuestro lenguaje también. La palabra, el signo y el símbolo no emergen de algún lugar de otro mundo, sino que se hacen nuevos por iteraciones previas de ellos mismos. El cerebro se adapta al cambio y también cambia lo que sucede después. Cada vez que llevamos a cabo una actividad que es repetida, también se altera por las diferencias dentro de la experiencia.

Concluyendo, puedo decir que la creación poética es siempre plástica, siempre escribimos el mismo poema durante toda nuestra vida. Dicha repetición está en el núcleo de la plasticidad, lo que no quiere decir que la repetición signifique semejanza. Siempre hay una posibilidad de cambio en los espacios de la repetición. O simplemente podemos decirlo así: en la práctica artística, el gesto es siempre el mismo, pero los efectos del gesto cambian.

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NIETZSCHE, Friedrich (1997): La genealogía de la moral (Tratados I y II). España: Universitat de València (Trad. de Andrés Sánchez Pascual).



*El autor es licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Cuauhtémoc y maestro en Educación Superior por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con experiencia laboral en instituciones gubernamentales como enlace interinstitucional; se ha desempeñado como docente a nivel medio superior y superior en diversas instituciones educativas en la Ciudad de Puebla. Ha sido antologado en libros de poesía, y como ensayista con temáticas de educación, literatura y filosofía en editoriales independientes. Textos suyos se encuentran también en publicaciones periódicas impresas y electrónicas como Univerciencia, Momento, Calmécac, Revista de la Universidad del Valle de Puebla, RelievesRevista Mexicana de Vampirismo.